viernes, 30 de agosto de 2013

La estrella suicida.

Hacía tanto tiempo que estaba alli que no recordaba cómo había llegado. Observaba el mundo desde su atalaya con la única compañía de una estrella muerta tiempo atrás, lejos de cualquier persona. Su interior se había helado, su corazón era un témpano de hielo ardiente. Desde su observatorio, veía como el mundo se enamoraba, se rompían parejas y comenzaban amistades.

De su pasado, de lo que la condujo a esa situación, sólo recordaba el dolor. Dolor al ver y permitir que destrozaran su corazón, dolor ante la indiferencia de aquellos a los que quería. Castigó la soledad con la soledad absoluta y se prohibió sentir.

Eso sí era sufrimiento. Echaba de menos el calor de un abrazo y unas palabras amables, aunque en su vida siempre habían tenido otra cara, eran un arma de doble filo que no permitía que las herudas sanasen.

Echaba de menos ser capaz de querer a alguien, que la presencia de una persona, su sonrisa, su respiración, su caricia, su simple pestañeo iluminara un día entero. Pero eso había quedado atrás. Lo único que tenía de ello era un hiriente recuerdo y el siempre presente hastío a su persona.

A pesar de todo, quería volver a aquel mundo de emociones y desencuentros. Tenía que haber alguien dispuesto a ser su apoyo y permitir que ella fuera lo mismo. Qué importaba si era hombre o mujer, amigo o pareja. Sólo quería saber si alguna vez oiría un "no te preocupes, estoy aquí" que la reconfortase y que fuera de verdad.

Estaba cansada de muchas cosas, la más importante, romper espejos. Habría alguien que la quisiera tal y como era.

Su corazón ya empezaba a seguir los pasos de la estrella suicida.

viernes, 19 de julio de 2013

Pétalos de amapola.

Me acomodé en el asiento del tren, desviando la mirada del nevado paisaje por primera vez desde que subí. La raída chaqueta no me protegía del frío que se colaba en el compartimento. No me había molestado en echar un vistazo a los demás viajeros. Éramos tres y ninguno tenía interés en los otros.

Frente a mí, se sentaba un hombre de cabellos grises repeinados hacía atrás. Parecía alto, tanto, que dudaba que pudiese pasar por una puerta sin agacharse. El rostro alargado se mantenía imperturbable, sus pequeños ojos oscuros clavados en el maletín sobre sus rodillas. Me llamó la atención su nariz, larga y afilada, sorprendentemente parecida al pico de un ave. Fruncía los labios hasta hacerlos casi desaparecer.

A mi izquierda, un joven leía un grueso libro en un idioma desconocido para mí. Era un muchacho apuesto, de estatura media y constitución delgada. A pesar de su pulcro aspecto, su inmaculada camisa blanca y su cabello rubio rojizo perfectamente peinado, era obvio que debía exprimir cada moneda que llegaba a sus manos. O al menos eso gritaba su deshecha maleta. Parecía tranquilo, pero no podía estarse quieto. Una y otra vez se llevaba la mano a la frente y la deslizaba hasta su nuca, donde se intuía una cantidad considerable de pecas, que con toda seguridad recorrerían todo su cuerpo. Fui incapaz de seguir la lectura de aquellos rápidos ojos azules. Sus gruesos labios no habían emitido un sonido desde que entró.

La luna se elevaba en el cielo cuando alguien interrumpió nuestro silencio. Habíamos hecho una parada en una pequeña estación, a mi parecer, vacía. La puerta se abrió y la mujer que entró nos dejó sin respiración.

Antes de seguir, hay algo que debe aclararse: Todas las personas, sin excepción, son bellas, pero no de la misma forma.

Están las personas guapas, cuyo rostro nos atrae por una razón obvia. Es una belleza efímera que se evaporará con el tiempo.

Otro tipo de belleza es aquella de las personas atractivas. No puedes apartar la mirada de ellos y no sabes por qué. Te atrapan. Tienen un efecto parecido al de una estrella que se apaga: su luz sigue brillando después de que haya desaparecido. Es una belleza que sobrevive al tiempo, que cala en tu interior.

La mujer que pasó a acompañarnos era de este tipo de personas, pero no era una estrella apagada, sino una suicida. Su evidente tristeza pretendía acabar con su brillo.

Era alta y delgada, de hombros estrechos cubiertos por un abrigo claro de cuello de suave pelo. Su cabello estaba recogido en un moño con un adorno dorado y era de un rojo tan intenso y vivo como no creo volver a ver. Su redondo y pálido rostro era el espejo de su pena. Sus ojos eran del color de las primeras hojas de la primavera y sus labios, pétalos de amapola, nos sonreían.

Pasó con su elegante porte y murmuró un débil "buenas noches". El hombre de cabellos grises le cedió su asiento al lado de la ventana; en su rostro se mezclaban el asombro por la belleza de tan delicada criatura con el desagrado por mí y el joven pelirrojo. Éste, logró disimular su admiración. Quien durante horas me pareció vulgar, se me antojó inocente.

Dirigí mi vista a la bella mujer sin asomo de discreción. Ella admiraba el paisaje con ojos ausentes. Me pareció que tras aquella hermosura, había una dura historia con los más crueles personajes. Me imaginé durante un segundo que la bella viajera era tal como recompensa por el dolor sufrido.

Notaba la respiración irregular del joven a mi lado y como había dejado de pasar páginas y decidí intervenir. Entablé una inocente conversación y poco a poco me retiré a las sombras. Hablaron durante horas y resultaron ser los seres más diferentes sobre la faz de la Tierra, cosa que les encantó.

A eso de la medianoche, ella se despidió y agradeció nuestra charla. El joven se ofreció a ayudarla con el equipaje. Me avergüenza decir que les observé desde la ventana. Intercambiaron palabras de despedida, pero ninguno se movió. Él apretaba los puños y la miraba de reojo. Consciente de que no se decidía, la mujer se inclinó hacia delante y depositó un beso en sus labios, apenas un sutil roce.

El tren se puso en movimiento. Cogí la maleta del joven y la lancé por una fe las puertas. Segundos después, se cerró. Milagrosamente, la maleta llegó intacta a su dueño, quien se despidió con un gesto de la mano. Es curioso ver como las cosas más aparentemente maltrechas son las más duraderas.

martes, 11 de junio de 2013

El guardián de las almas en pena.

Se desliza por los tejados de la ciudad silenciosamente. La luna brilla tenue en un cielo con estrellas que dejaron de vivir. Ese pálido resplandor marca el camino que siguen sus patas. Se sienta a la sombra inexistente de una chimenea. Su pelaje oscuro se camufla en la oscuridad, se funden en uno. El gato es su centinela. Sus ojos, su oído, su olfato, son suyos.
Cuida de las almas en pena que pululan por la fría ciudad. No son malos, pero no pueden vagar sin vigilancia. Aquel lugar les había creado, les había obligado a adentrarse en un camino sin retorno. La crueldad los había hecho crueles. La marginación los ha marginado. Nadie quiere saber nada de ellos; viven encadenados al sufrimiento.
Cada noche salen en busca de algo que cure su dolor y cada amanecer vuelven con un montón de sueños rotos. Cuando despiertan, hay menos esperanza. Cuando despiertan, son más dolor.
El gato se encarga de evitar que esto ocurra. Los encierra en sus casas y durante toda la noche se oyen los gritos de la almohada, cómplice de tantos sueños y aventuras, siendo desgarradas. A la mañana siguiente, ya no hay dolor. No hay esperanza.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Le llamaban "pobre diablo".

Destrozó el lienzo nada más acabar de pintarlo. Se llevó las manos a la cabeza, tratando de serenarse y respiró hondo unas cuantas veces. Nadie le había afectado tanto. Sacudió la cabeza y un par de gotas de pintura se precipitaron al suelo desde sus cabellos castaños. Miró a su alrededor, a la habitación que comenzaba a oscurecerse. Su rostro le miraba desde todas partes. En lienzos y láminas, sus ojos marrones del color del café retenían su mirada. Casi podía sentir todavía su mejilla apoyada en su hombro, su cálido cuerpo pegado al suyo y su sonrisa en medio de los besos.

Ella ya no estaba. Lo había abandonado, dejándolo con la compañía de una botella de alcohol, un paquete de cigarrillos y el tormento de la seguridad de no volver a verla. ¡Lo que daría él por oír su cristalina risa una vez más! No necesitaba nada más que volver a abrazarla. ¿Qué importaba poder respirar si no podía compartir su aire con la persona por la cual latía su corazón?


Encendió un cigarro y echó el humo a pequeñas bocanadas. Era lo único que podía tranquilizarle. Se asomó al aire freso de la mesa, apoyando los codos en el alféizar de la ventana. Una suave brisa se llevó el humo. Mucho tiempo había pasado desde que la vio bajar por aquella calle a escondidas, creyendo que no la veía. Se marchaba con lo puesto, algo de ropa y todo el amor que él no había regalado nunca a nadie más y no lo haría jamás.


Ella era radiante y cálida como la luna en una noche de verano. Su cabello castaño claro caía suave, sedoso, brillante y ligero por su espalda y le tapaba parte de su hermoso rostro. Así la recordaba él, tal y como la vio por primera vez. Había ocultado sus bellas facciones por vergüenza tras aquella cascada dorada y le había mirado con sus dulces ojos. No eran de color café, pero a él sí se lo parecía pues tenían el poder de quitarle el sueño. No era especialmente alta, ni tenía un cuerpo de infarto. No veía lo hermosa que era, no veía lo especial que era.


Nunca se dijeron “te quiero”. Él no lo creía necesario, puesto que era sumamente obvio que toda su vida dependía de su felicidad. Ella tenía miedo de hacerlo. Tampoco le contó lo que había habido antes que él, pero le había hecho mucho daño. Él se limitó a consolarla, a quererla sin importar nada más, a hacerle comprender todo lo que le hacía sentir. Ella sólo sonreía y no contestaba.


¿Le sorprendió verla marchar? No. Siempre había pensado que era demasiado para alguien como él, alguien que hasta entonces había vivido gracias a tener una botella de ron a su lado. Cuando llegó ella, sólo necesitó su sonrisa. Cada vez que la abrazaba pensaba que en cualquier momento se desvanecería como la perfecta aparición que era.


Todos los días se preguntaba qué había hecho mal para que se fuera. Quizá las caricias en su espalda la habían quemado. Quizá las flores la habían pinchado. Él era el culpable, eso lo tenía muy claro. Se lo había recordado a sí mismo durante aquellos tres interminables meses. Poco a poco, había dejado de salir a la calle y, si lo hacía, siempre volvía hecho un desastre. Cuando no era sangre, era alcohol. Los vecinos le tenían miedo y pena. Se referían a él como "el pobre diablo del último piso" o los más crueles "el imbécil enamorado". Todos la habían visto y a todos había deslumbrado, pero no como a él. Donde él veía luz, dulzura y perfección, los otros veían una muchacha del montón que en cualquier momento se llevarían a la cama.


Incapaz de frenar las emociones provocadas por los recuerdos, tiró el cigarro a la calle y cogió la botella. Estaba vacía. Puede que hubiera otra en algún lugar de la desordenada casa. No había rincón en el que no la viera. Su fantasma lo atormentaba incansablemente. Él nunca había sido una persona feliz, no le habían dejado serlo, pero ella había conseguido mitigar cualquier dolor con su ternura. Le había sacado de las tinieblas para hacerle caer más hondo.
Abrió un armario, sacó la última botella, algún licor de color apagado que ni siquiera sabía lo que era. Un trozo de papel cayó a la encimera de la cocina. La letra sinuosa y esbelta le era más que conocida. Cada palabra se le clavó como una bala. La dobló con cuidado y con cuidado salió por la ventana y subió al tejado, trepando el par de metros que le separaban de él. Se sentó allí con su botella y releyó mil veces la nota, intentando tomar una decisión. Parecía ver la escena desde fuera de su cuerpo, como quien mira una película y espera que el protagonista retome la acción. Él era el protagonista. Él debía retomar la acción pero ¿cómo? No supo cuánto tiempo estuvo en el tejado iluminado por la luna en aquella noche de finales de verano, todavía calurosa. Frunció el ceño y se levantó rápidamente. Demasiado. Una teja suelta resbaló y él a nada puso sujetarse. Sabía que caía a gran velocidad, pero todo parecía moverse muy lentamente. Cerró los ojos antes de que sus huesos se destrozaran contra el asfalto. Su último pensamiento fue para ella.
Ella había escrito la nota:


Supongo que debería darte alguna explicación de por qué me marcho, pero no lo sé ni yo. No quiero hacerte daño. No puedo permitir que sigas queriéndome como lo haces, no me lo merezco. Durante el tiempo que hemos estado juntos he llegado a creer que de verdad era una persona que se merecía tu amor y de verdad te he querido y nunca dejaré de hacerlo, lo juro. Hay algo más que sé: No soy la persona que te has imaginado. Tú crees que soy un ángel, yo te digo que soy un ángel caído. Cuando vuelva a verte, que pronto lo haré, seré capaz de quererte como te corresponde. Te colmaré de halagos, de regalos y de besos. En fin, haré todo lo que has hecho por mí. Hasta entonces, lo único que puedo hacer es matarte muy lentamente. No me olvides y espérame porque volveré.
Te quiero.

La brisa se llevó la nota y una delicada mano la atrapó. Unos ojos castaños que producían el mismo efecto que el café la leyeron llenos de lágrimas. Había visto la caída y el golpe le había dolido como si fuera su cuerpo el que estuviera desmadejado en la calle. Cayó de rodillas y su maleta se abrió. ¿¡Por qué no la había esperado como le había dicho que hiciera!? ¿Acaso no había leído la nota? La apretó contra su pecho y lloró amargamente. Intentó calmarse y se acercó al cuerpo inerte, alrededor del cual la gente ya se arremolinaba. El rostro miraba al cielo con una sonrisa en los labios. Le besó en la frente y pensó en dar media vuelta, ir a algún sitio donde calmar su dolor. Tras ella oía algunos comentarios como “Era un borracho”, “Es normal que se haya suicidado, pobre diablo”. Se había suicidado por ella. Una mano se posó en su hombro y unos cuantos gritaron.
-Has vuelto.- susurró él, con la voz rota.
-Así es. Como te prometí.
-Lo siento. No la leí. Iba a ir a buscarte pero…
-Da igual. Te vas a poner bien. Tienes que ponerte bien.
-No, ya no. Ya te he visto y sé qué me has querido. Puedo irme tranquilo.
-¡NO, NO PUEDES DEJARME SOLA!
-He dicho que me voy, no que vaya a dejarte.
Permanecieron en silencio unos segundos. Ella se acercó a su oído y los dos susurraron al unísono:
-Te quiero.

Instantes después, la luz se apagó en los ojos de él. 

jueves, 23 de mayo de 2013

¿Dónde estás?

La buscó hasta que no le quedó aliento. La necesitaba otra vez con él. El mundo había cambiado y tenía miedo. Él había cambiado y estaba asustado. Su reflejo ya no era el mismo. No quedaba inocencia en sus ojos. Su sonrisa no era de verdad. Las raspaduras que antaño habrían significado una caída en el juego, ahora eran las marcas del fracaso. Estaba solo en un mundo de lobos. Las personas disfrutaban hiriendo a los demás; se divertían desgarrando emociones y pisoteando sentimientos. Daría lo que fuera por volver a esos días en los que la pregunta más importante era "¿me dejas jugar?". Así se forjaba la más fuerte de las amistades. ¿Dónde están esos tiempos cuando todo se solucionba compartiendo una bolsa de caramelos? ¿Dónde están esos tiempos en los que lo único que necesitabas eran un amigo e imaginación? Infancia, ¿dónde estás?

domingo, 19 de mayo de 2013

El equinoccio.


La ciudad entera quedaba a sus pies que colgaban de la azotea. Allí nadie podía verle, nadie se preguntaba quién era ni por qué tenía los ojos rojos. Aquel era su santuario, el lugar al que nadie más iba y podía estar sola. El viento se agitaba bastante a esa altura de dieciocho pisos y ella esperaba que se llevara los buenos recuerdos para que no dolieran más. Quería que se llevase sus recuerdos, porque sabía que ella ya no podía volar de regreso a su verdadera casa. Había elegido y estaba segura de haberlo hecho bien, pero eso no impedía que el alma se le desgarrase cada vez que se sentía sola en esa gran ciudad de cemento y asfalto, de altos edificios y frías personas. Cerró los ojos y repasó, como tantas veces había hecho en menos de seis meses, lo que le parecía que había ocurrido hacía una vida.

El verano. Por fin había llegado. Por fin volvía el sol y el calor, los largos días. Elisa echaba de menos las tardes en las que se dedicaba a remolonear en la playa. Volvían las fiestas improvisadas  en la arena.
Observó la gran extensión azul que era el mar desde la ventana de su apartamento. Era un sitio pequeño y destartalado ocupado por ella y por algún gato callejero que de vez en cuando se colaba por el balcón. Su madre se había empeñado en decorar el pisito, asegurando de que Elisa era incapaz de cuidarse ella sola y que necesitaba su ayuda. A pesar del diminuto tamaño, se las había apañado para meter en la pequeña habitación  que uno se encontraba al entrar una moderna cocina, un salón y un comedor modernos y a la última moda. Los tonos alegres de los muebles evitaban esos largos períodos de apatía en los que Elisa acostumbraba a perderse. El dormitorio era pequeño y luminoso gracias al balcón que daba a una de las calles principales de la ciudad costera. Apenas cabía la cama, el armario y el escritorio en el cuarto. A Elisa poco le importaba, pues hiciera frío o calor, prefería coger su ordenador y vagabundear por ahí en busca de inspiración.
Quería dedicarse a escribir. No le importaba ser periodista, escritora, guionista… Lo importante era tener siempre un bolígrafo y un papel a mano. Por desgracia, todavía no había escrito nada que no desechase a mitad. Mientras la gloria y la fama que ansiaba llegaban, se ganaba el pan en la librería del barrio. Era un barrio poco importante en esa ciudad y sobre todo, barato. Los turistas no solían ir por allí y las casas tenían más años que los abuelos de los octogenarios que habitaban algunas.
Elisa bajó las escaleras del edificio, saludó a la portera y salió a la calle, donde a pesar de ser las ocho y media de la mañana, el calor ya se empezaba a notar. Anduvo despacio hasta llegar a la librería. Abrió ella, pues los dueños no aparecerían hasta mediodía, si había suerte. Se recogió la melena cobriza y se clavó en la camiseta el cartelito con su nombre. La mañana transcurrió como todas, tranquila, con un par de clientes extraviados que no hicieron ninguna compra. Elisa se había preocupado por la poca clientela al entrar a trabajar, pero dos años después, la tienda seguía abierta y los dueños no parecían tener intención de cerrarla.
La novedad llegó a la hora de comer. La joven acababa de darle la vuelta al cartelito donde se leía “Cerrado” cuando oyó unos golpes en el escaparate. Allí un chico la saludaba con una sonrisa. Elisa salió, extrañada.
-¿Quieres algo?
-Creo que me he perdido. Me acabo de mudar y buscaba esta dirección.
El chico le tendió un papel arrugado.
-No estás muy lejos.
Elisa le indicó por dónde tenía que ir mientras él la miraba con atención. La incomodaba.
-Muchas gracias.- contestó él, con un acento extraño que Elisa no conseguía situar.
-¿De dónde eres?
Él al miró con una sonrisa torcida antes de contestar.
-Argelès. ¿Lo conoces?
-Me suena.- mintió ella.
-Me llamo Yule. Es como los celtas llamaban al equinoccio de invierno.
-Ah. Yo soy Elisa.
-Encantado, Elisa-hizo una exagerada reverencia, que consiguió arrancarle una sonrisa-. Espero algún día poder agradecerte que me ayudaras a encontrar mi nueva casa.
-Me vale con que no te pierdas. Es difícil no encontrarlo, pero visto lo visto…
Yule enarcó una ceja y se despidió. Elisa iba a entrar otra vez a la librería cuando, sin darse cuenta, se giró y le gritó:
-¡Esta noche hay una fiesta en la playa! Para celebrar que empieza el verano. Igual te apetecía pasarte.
El joven la miró con unos impresionantes ojos verdes.
-¡Sólo si tú estarás allí!
Elisa entró rápidamente para que no viera el rubor de sus mejillas.


Un par de horas después, la muchacha volvía a su casa. Seguía pensando en el chico, el tal Yule. Lo había conocido ese mismo día y ya no podía quitárselo de la cabeza.  No dejaba de repetirse: ≪Eso sólo pasa en los libros, idiota≫. En la vida real no te enamorabas del primer chico que tocase en el escaparate de tu tienda. Aunque tuviese esos ojos verdes tan profundos, esa sonrisa traviesa, unas facciones que parecían esculpidas en mármol por el mejor de los artistas… ≪ ¡PARA!≫, se ordenó mentalmente. ≪Eres mayor para estas cosas, Elisa. Piensa con la cabeza≫.
Se convenció de que todo aquello sólo era una chiquillada durante la ducha. Se secaba el pelo cuando un gato trepó a su balcón. No era nada extraño, solía dar de comer a los gatos callejeros que se le acercaran, pero aquel tenía un collar. Y sujeto por el collar, un papel con algo escrito. Elisa lo leyó sorprendida:
“Antes no me has respondido y no iré si sé que no estás”.
Se asomó a la calle. Allí abajo, le sonreía Yule, con el cabello castaño despeinado. La luz de sus ojos le llegaba hasta el segundo piso.
-¿Cómo sabes dónde vivo?
-¿Vendrás?
-Yo te he preguntado primero.
-En realidad, no. Llevo dos horas esperando tu respuesta.
Elisa suspiró. ¿Saldría con un acosador? Podía tener el acento más seductor del mundo, que lo tenía, pero eso no quitaba que en dos horas hubiera averiguando su dirección.
-Sí, iré.
-Te diré entonces cómo sé dónde vives. O puede que no.
Dicho esto, se marchó corriendo.


Elisa cerró la puerta a sus espaldas. Estaba nerviosa. Quería pensar que por el hecho de que Yule se tomara tantas molestias con ella, pero no era la verdad. La verdad era que el corazón le iba a mil por hora y por primera vez en su vida, se había arreglado para matar.
Caminó hacia la playa intentando no parecer desesperada por llegar. ¿A ojos de quién, si no había nadie por la calle? A los suyos. Quería auto convencerse de que Yule no había causado la reacción que le había causado.  Las luces de los farolillos iluminaban el camino. El ruido de la gente le llegaba hasta los oídos, pero ella no lo procesaba. Sólo podía ver aquella figura esbelta que se recortaba contra las hogueras que iluminaban la arena. Llegó hasta Yule, le sonrío y saludó.
-Ahora, explícame cómo has conseguido mi dirección.
Él exhibió una gran sonrisa y le puso un vaso de alguna bebida alcohólica en la mano.
-Sólo si te portas bien.
La cogió de la mano y la llevó a la fiesta.

La continua llegada de vasos de plástico terminó por atontarla. Reía los chistes de Yule y bailaba con él como no lo había hecho con nadie. Incluso se dejó arrastrar por un par de extranjeros a un baile algo más apretado. Yule la observaba desde lejos con una sonrisa. Parecía querer memorizar cada rasgo, cada movimiento que realizara el cuerpo de Elisa. Ella fingía no enterarse. En un momento dado, un borracho la empujó y cayó al suelo. No pudo reprimir un gemido de dolor. Se había torcido el tobillo. Lo siguiente que vio fue a Yule, que la intentaba ayudar, sujeto del cuello de su camiseta por uno de los extranjeros con los que Elisa bailaba.
-Está con nosotros, idiota.
El enorme hombre lo soltó y cayó con un golpe sordo sobre la arena. El hombretón se acercó a Elisa con un brillo achispado en la mirada.
-No creo que quiera estar contigo.
-Me da igual, ella no tiene nada que decir.
Elisa estaba asustada. Nadie más se daba cuenta de lo que ocurría.
-No me he molestado en acosarla para que la trates como un objeto.
Yule se levantó y le asestó un certero golpe en la mandíbula. El otro cayó al suelo. Sin perder un segundo, el chico levantó a Elisa en brazos y se alejó veloz de la playa.  La chica se sorprendió de la fuerza del muchacho. Avanzaron así por un par de calles, antes de que la depositara en el suelo, jadeando.
-¿Estás bien?
Elisa asintió.
-Eres tú quien se ha metido en una pelea.
Yule se acariciaba el cuello dolorido.
-Las ha habido peores.
-Gracias.
Elisa intentó andar hacia él pero el tobillo estuvo a punto de tirarla al suelo. Yule la sujetó.
-Ni lo intentes, pata-palo.
Elisa se río y anduvieron apoyándose el uno en el otro. Ella no se percató de que no se dirigían hacia su casa hasta que llegaron al portal. Se detuvo en seco y le miró con el ceño fruncido.
-¿Qué quieres? ¿Qué te lleve a casa? Bonita, no estoy en condiciones para llevarte en volandas hasta allí.
La joven estaba cansada, dolorida y atontada, así que tampoco pudo discutir. Se ayudaron mutuamente para subir hasta el ático.
-Qué nivel.- susurró Elisa.
Yule sonrió y le abrió la puerta. Era casi tan pequeño como su piso. El chico la guió hasta la cama, grande para ese dormitorio, y le dio las buenas noches.
-Si quieres algo, estoy en el sofá.
-¡No!- Elisa se tapó la boca con una mano- No quiero echarte de tu cama.
-¿Seguro que es eso? No me meto en la cama con nadie en la primera cita.
Un cojín le dio de lleno en la cara, acompañado por una carcajada de Elisa. Sentía que le conocía de toda la vida.  Yule se quitó la camiseta y se sacudió la arena del pelo. Elisa le dio la espalda y se durmió a los pocos segundos.


La luz del sol le daba en la cara, pero no fue eso lo que la despertó. Yule le dio un codazo, murmuró algo sobre una almohada y le quitó la susodicha.
-¡Eh!- se quejó Elisa, con voz somnolienta- ¿Qué haces?
-Estabas acaparando la almohada.- las palabras llegaron ahogadas, pues el chico había hundido la cara en la almohada tras arrebatársela.
-Los invitados tienen preferencia.
Yule levantó la cabeza y dijo:
-No en mi casa.
Acto seguido, le dio una patada e intentó volver a dormir, pero Elisa no se lo permitió. Se puso de pie y se dejó caer sobre él. Apoyó la cabeza en su espalda.
-Estarás cómoda.
-No, estás muy duro.- respondió ella, golpeando suavemente la espalda de Yule.
-Gracias. Me cuido mucho, ¿sabes?
Ella rió y se levantó. Se tuvo que volver a sentar en el colchón por el horrible dolor del tobillo, que le ascendió por la pierna.
-¿Estás bien?
Yule se despertó de golpe y gateó por la cama para sentarse a su lado.
-Ayer me torcí el tobillo.
-Lo sé, por eso estás aquí.
Elisa repasó los acontecimientos de la noche anterior. Sólo se había caído, no había razón de ser para tanto dolor. La imagen de Yule colgando del puño del hombre le cruzó la mente.
-No te he preguntado cómo estás.
-¿Por salvarte ayer de ese salvaje? No te preocupes, estoy acostumbrado a salvar…
-Di princesa y te vas por la ventana.
El chico calló y la miró mientras Elisa buscaba alguna cosa fuera de lugar en su tobillo.
-¿Todo en orden?- le preguntó cuando se incorporó.
-Eso parece- Elisa le devolvió la mirada a sus profundos ojos verdes-. Gracias. Por lo de ayer, por dejar que me quedara en tu casa y por preocuparte.
-No hay por qué darlas.
-¡Claro que sí! ¡Te has portado muy bien conmigo! Y eso que nos conocimos ayer.
-No lo creo.
Elisa le miró extrañada y susurró:
-¿Qué? Si te hubiera conocido antes me acordaría.
Se ruborizó un tanto, aunque no lo notó.
-Ya, mi bello rostro no es fácil de olvidar, pero no me refería a eso-hubo un momento de silencio dramático y se acercó a su rostro hasta que sus narices se tocaron antes de proseguir-. No creo que sintiera esto por alguien a quien conocí hace tan poco.
Elisa no pudo contenerse y juntó sus labios a los de él.

Recuerda ese verano y el invierno siguientes como los mejores meses de su vida. Los días pasaron volando. La playa se convirtió en su refugio, poco importaba si llovía o helaba, allí estaban ellos. Elisa disfrutaba de cada segundo a su lado con la sospecha de que era demasiado bonito para ser cierto. Y tenía razón. Un año después, le llegó una carta. Esa misma tarde, se presentó en el ático de Yule con un nudo en la garganta. El chico la dejó pasar, preocupado.
-¿Qué ha ocurrido?
-Un periódico importante ha leído uno de mis escritos y me ha propuesto escribir una columna para ellos.
Yule suspiró con alivio.
-Pero, ¡eso es bueno! Es lo que querías. Escribir. Te pagarán por ello.
-Ese no es el problema. Tengo que irme.
-¿A-adónde?- A Yule se le quebró la voz.
-Me llaman de la capital.
El silencio se instaló entre ellos. Elisa rezaba porque Yule dijera algo, pero él se limitó a mirarla como si en cualquier momento se fuera deshacer.
-Y debes ir.- respondió, al fin.
-¿Vendrás conmigo?- preguntó Elisa con una leve esperanza.
-Sabes que no- no le sorprendió la respuesta, pues Yule tenía allí un trabajo bien pagado que no se podía permitir dejar-. Todavía no- se corrigió-. Tienes que ir y hacer lo que quieres. Te prometo que algún día iré contigo, cuando tenga dinero para una temporada.
-¿Lo dices de verdad?- repuso ella, al borde del llanto.
-¿Y qué haré si no? ¿Pasar el resto de mi vida sin ti? No puedo ni planteármelo.
Elisa le abrazó.

Una semana después se despidieron en la estación. Entre lágrimas y promesas, se besaron y vieron como el otro se alejaba.
Seis meses después, Elisa perdía la esperanza de recibir ninguna carta más de Yule, ni una llamada. Hacía semanas que no les contestaba. ≪ ¿Qué esperabas? ¿Qué un amor de verano más largo de lo normal quisiera volver a verte?≫ Las lágrimas recorrieron sus mejillas. Las secó al oír una tos a sus espaldas. Se giró y allí estaba. Yule. Más moreno de lo que le recordaba, pero igual de cálido. Así lo comprobó cuando se lanzó a sus brazos.
-Hace mucho que no escribías, pensaba…
-Lo sé. No he tenido tiempo. Acosarte a distancia me ha costado más que en esa ciudad.
Ambos rieron.
-¿Esta vez me contarás cómo me has encontrado?
-¿Cómo no iba a encontrarte, si no he parado de buscarte?

viernes, 12 de abril de 2013

Nadar hacia la superficie.


Helena cerró la puerta con un golpe más fuerte de lo que pretendía. Se apoyó en ella para respirar profundamente un par de minutos antes de dirigirse a la cocina. Su padre estaba allí con una camiseta de propaganda que estaba llena de manchas, fruto del tiempo entre los fuegos de la cocina. Le puso el plato de comida en la encimera.
-Hoy vienes tarde. Me voy ya o no llegaré a trabajar.- le soltó el hombre de un tirón, casi sin respirar.
-Hola, papá.- respondió ella cuando pasó por su lado a toda prisa. Lo oyó trastear en su dormitorio, despedirse y marcharse corriendo sin llegar a escucharle realmente.
Se sentó frente al plato. El olor a comida inundaba toda la habitación y la boca se le hacía agua, pero tenía el estómago cerrado hasta tal punto que le dolía como si le diesen puñetazos. Se obligó a masticar y a tragar, aunque cayera en su interior como una piedra.
Pensó en todo lo que tenía que hacer esa tarde. Tenía muchos días de estudio atrasados y seguramente aquella tarde pasaría a engrosar la lista. Se sentía incapaz de sentarse frente a un libro la tarde entera y aprender a recitarlo como un lorito amaestrado. Eso no era lo suyo. No era que no le gustara estudiar, que tampoco le entusiasmaba, sino que no le gustaba lo que sus padres le obligaban a estudiar para que no tirara su vida a la basura, como decían ellos. Las clases eran una auténtica tortura cada día más dura y difícil de soportar. Por eso mismo, no podía estudiar y eso se reflejaba en sus desastrosas notas. ¿Qué podía esperar si no era capaz de aprenderse una página de sus libros de texto? Suspensos y más suspensos. Se sentía abrumada e inútil. Por más que se esforzara, nada salía bien. Sólo una vez se había sentido así.
Era pequeña y tenía por costumbre ignorar las órdenes de sus padres, así que hizo oídos sordos cuando, en la playa, le prohibieron adentrarse sola en el mar. Helena pensó que no pasaría nada porque lo hiciera una vez. Además, nadaba muy bien. En un descuido, echó a correr hacia el agua y nado lejos de la orilla. Intentó volver cuando dejó de notar la arena bajo sus pies. No vio la enrome ola que se formaba a sus espaldas y que la engulló en pocos segundos. Se golpeó contra el fondo. Asustada, intentó gritar, pero no hizo más que soltar algunas burbujas y tragar agua salada, que le arañó la garganta. Agitó los brazos y las piernas tan fuerte y rápidamente como pudo. Por encima de ella, a unos pocos palmos, brillaba la luz del sol. Luchó contra la fuerza del mar, pero sólo conseguía agotarse. Alguien tiró de ella hacia la superficie una vez sus extremidades se negaron a ayudarla. Lo siguiente que recordaba era estar sobre la arena envuelta en mil toallas escupiendo el agua que había tragado.
Ahora se sentía como cuando vio el sol bajo el agua. Sabía lo que tenía que hacer, pero por más que lo intentara y se esforzara, fracasaba. La corriente la empujaba hacia el fondo y Helena sentía que la presión era más de la que podía soportar.
Unos golpes en el rellano la sacaron de su ensimismamiento. Alguien estaba montando un buen estrépito allí fuera. Helena se puso de puntillas y acercó su ojo a la mirilla. Sólo vio unas cuantas cajas, una de ellas en el suelo, junto a su contenido. Abrió la puerta y casi se chocó con una chica que subía corriendo las escaleras con otra caja en brazos. Ambas se disculparon. La chica recogió lo que se había caído y cargó con otra caja más. Era demasiado pequeña para el peso que trataba de subir al piso de arriba.
-¿Necesitas ayuda?- preguntó Helena.
La chica sonrió y asintió. Entre las dos subieron las pertenencias de su nueva vecina, por lo que pudo deducir Helena. Sólo entonces detestó su edificio sin ascensor. Una vez terminaron con la mudanza, la joven le tendió la mano y se presentó:
-Me llamo Laura.
Helena le devolvió el gesto. Su nueva vecina la invitó a pasar a su casa. Esperaba el caos propio de una casa en plena mudanza pero no fue así. Dejando a un lado las cajas que acababan de traer, todo estaba colocado en su sitio con una precisión casi matemática. Ángulos rectos perfectos entre los sofás, el equilibrio milimétrico entre todos los objetos… Estaba tan calculado que a Helena se le pusieron los pelos de punta. Parecía una foto de una revista, algo antinatural. Laura se rio de su expresión y le dio la razón. Por lo menos, no la había ofendido.
Helena dio un par de vueltas por el salón y estuvo a punto de tropezar con algo. Era la funda negra de una guitarra. La chica la apartó para evitar volver a golpearla. Laura la llevó a su cuarto y Helena la siguió. El desorden allí había sido llevado al extremo. La ropa estaba encima de la silla, a excepción de una chaqueta y un par de zapatos que ocupaban el armario abierto de par en par, el escritorio estaba lleno de libros y el suelo, de papeles. Era mucho más agradable que el resto de la casa.
Su vecina trataba de guardar la guitarra en su funda. Helena no entendía mucho del tema, pero le pareció un instrumento precioso. La madera de un marrón rojizo oscuro brillaba con la escasa luz del sol que entraba por la ventana y las cuerdas vibraban con el roce de los dedos de la joven. Esta se fijó en la mirada de la chica, cogió unas partituras del suelo y empezó a tocar. Era una melodía suave y alegre. Helena consiguió sonreír de verdad, con ganas, por primera vez en mucho tiempo.

Unas semanas después, Helena llama a la puerta de su vecina. Laura le abre con una sonrisa.
-Tengo algo para ti.- le dice emocionada, antes si quiera de saludarla.
Le había mandado un mensaje esta mañana diciendo eso mismo. Los padres de su amiga la saludan desde su universo perfecto de revista.
Laura le cierra la puerta de su dormitorio en las narices. Helena, extrañada, llama fuertemente con los nudillos.
-Aún no puedes entrar.
-He visto tu cuarto desordenado mil veces, déjame pasar.
-¡Nanay!
Helena se queda en el pasillo, apoyada en la pared, esperando a que Laura le abra la puerta, cosa que ocurre unos minutos después.
-¿Qué tienes detrás de la espalda?
-Nada.- contesta Laura. En cualquier momento podría empezar a dar  saltos de la emoción contenida. Helena enarca una ceja ante la respuesta, pues el paquete que trata de ocultar sobresale un par de palmos por encima de su cabeza. Se lo tiende con una sonrisa enorme.
-Es la guitarra con la que empecé. Pensé que podría enseñarte en serio y para eso necesitas una guitarra. No se te da mal…
La chica no sabe qué responder, cómo reaccionar. Sólo sabe que por fin puede hacer algo que de verdad le gusta y, con un poco de suerte, no tendrá que tocar esos libros de texto que tanto la aburren. 

A partir de entonces.


La mochila era demasiado grande para Irene o, mejor dicho, Irene era demasiado pequeña para el mundo. Trotaba detrás de su hermano mayor, quien la sujetaba de la manita y tiraba de ella para no perder el ritmo de su grupo de amigos. Todos le tenían aprecio a la niña, era como su mascota. Cuando iban a su casa, le dejaban jugar a los videojuegos con ellos y ella decía que “le hacían sentirse mayor”. De vez en cuando le traían caramelos o le regalaban juguetes de cuando eran pequeños.
Se despidieron del grupo de jóvenes en el portal de su casa, donde se encontraron con unas vecinas suyas. Irene tuvo que contener la risa. Su hermano Héctor siempre decía que sus vecinas eran “un montón de gallinas cluecas” y siempre que las veía se las imaginaba con plumas y pico, o cocinando alpiste en la cocina o empollando huevos en el sofá mientras hacían sus labores con las gafas en la punta del pico.

Cuando llegaron al piso, los recibió el silencio. Dejaron las mochilas y la niña echó a correr por toda la casa, mirando debajo de las camas y de las mesas. Volvió al salón sin aquello que buscaba. ¿Y si se había vuelto a escapar? La idea le anegó los ojos de lágrimas. Un maullido en lo alto de una estantería atrajo su atención.
-¡Michelines!- gritó.
Los ojos de la gata la miraban desde lo alto. El nombre había sido una broma cruel de su hermano y ahora ya no respondía a otro. La gata era incapaz de esconderse debido a su tamaño. Habían sido múltiples los intentos de ponerla a dieta después de adoptarla, pero Irene sentía lástima por el animal y le daba de comer a escondidas. Cuando la pequeña se aburría, torturaba a su hermano acercándole la gata y viendo cómo estornudaba y se rascaba como un perro pulgoso. Él las echaba de su cuarto y se encerraba, aunque sin enfadarse con Irene, pues era incapaz de hacerlo.
-¡Michelines, ven aquí ahora mismo!
Irene trataba de hacerla bajar.
-No lo vas a conseguir así.- le dijo su hermano desde el sofá.
-Por favor, Michelines, baja.
Y la gata bajó con esa elegancia propia de un gato casi esférico. Irene le sacó la lengua a su hermano.

La buena relación entre Irene y Héctor era atípica y no se debía a que fueran buenos hermanos. El verdadero motivo eran sus padres.
Éstos a penas pasaban tiempo en casa. La familia sólo coincidía a la hora de la cena, donde sólo se oían los tenedores en los platos. A Irene no le gustaban esos silencios incómodos, pero sabía que cualquier intento de conversación acabaría en una discusión. Ambos progenitores tenían un carácter muy fuerte y siempre chocaban el uno con el otro. Al terminar de cenar, los niños eran mandados a la cama. Aquella noche, como tantas otras, los gritos inundaron la casa. Irene trató de no escucharlos metiendo la cabeza bajo la almohada y tapándose con las sábanas, de tal manera que lo único que se veía de ella era un bulto sobre el colchón. La niña no pudo evitar preguntarse si sus padres se querían.  Dejó caer unas lágrimas silenciosas mientras los gritos iban a más. Quizás mañana su padre despertara con un arañazo en la cara o su madre se fuera a trabajar con ojeras y los ojos rojos.
Irene tenía miedo. La discusión se acaloraba a cada segundo. Michelines subió a su cama, se tumbó a su lado y lamió las lágrimas que pendían de su barbilla. La niña acarició el negro pelaje de su mascota y se tranquilizó al sentir su cálido cuerpo pegado al suyo. Tras un rato sin moverse, se levantó y salió descalza de su cuarto. Michelines la adelantó y rascó la puerta del cuarto de su hermano hasta que la abrió. Héctor acostó a la pequeña en su cama y se sentó a los pies del colchón. La gata se plantó frente a la puerta y bufaba si oía pasos acercarse al dormitorio. Héctor estaba tenso. No parecía un chico de trece años, sino mucho más mayor. Irene estaba nerviosa y temblaba bajo las sábanas.
-No tengas miedo- le dijo su hermano-. Mira cómo te protege Michelines.
Irene sonrió y se durmió más tranquila.

Un ruido la despertó temprano. Abrió un ojo y vislumbró a Héctor intentando meter a Michelines en su maletín de viaje.
-Vístete deprisa y no hagas ruido.- le ordenó.
Irene obedeció mientras Héctor cogía sus cosas y se echaba a la espalda una bolsa de deporte en la que cabía Irene sin problemas. La niña se puso su chaqueta y siguió a Héctor. Su madre dormía en el sofá del salón. Salieron despacio de la casa y, una vez fuera, el mayor empujó a Irene para que se diera prisa. Caminaron mucho rato. Irene tenía frío pero no dijo nada por respeto a las ojeras de su hermano.
Conocía el camino por el que Héctor la llevaba.
-Héctor… Si despiertas a Hugo a estas horas se enfadará.
Él no respondió. Llegaron al portal, que siempre estaba abierto. Arriba, en la puerta del piso, la madre de Hugo les hizo pasar con cara de preocupación. Hugo, el mejor amigo de Héctor llevó a la niña al salón y encendió la consola. Aun así, a pesar del ruido del juego, pudo oír la conversación que llevaban en la cocina.
- … fue muy fuerte. Mi madre quería entrar en nuestro cuarto y gritaba barbaridades sobre nosotros. Decía que éramos los culpables de todo.
-No te preocupes. Todo va a ir bien- Un silencio-. ¿Irene no se enteró de nada?
-Duerme como una marmota. Además atranqué la puerta.
Unos minutos después, Héctor se sentó entre Hugo e Irene. El chico escondió la cara en las manos y suspiró. Estaba haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. Hugo le puso una mano en el hombro.

Durante ese día, mucha gente quiso hablar con Irene: su familia, unos agentes de la policía, sus padres… Pero ella se negó a hablar. No dijo nada hasta que sus abuelos insistieron en llevar a los chicos a su casa. La niña había estado acurrucada al lado de Héctor desde que oyera a sus padres en el rellano. Levantó la cabeza. Habían sacado a Michelines de su maletín y se lanzó sobre ella para confortarla. Irene aceptó, esperando que de verdad todo fuera bien a partir de entonces.

domingo, 13 de enero de 2013

Piedra y hielo

Esta es la historia de una chica cuyas muñecas están rasgadas. Una chica que sonríe lágrimas. Una chica a la que nadie ha sabido querer. La almohada ha sido su confidente y la única conocedora de todos sus temores. Esta chica camina bajo una tormenta continua al ritmo del "chip-chop" de sus pies descalzos en los charcos. Siempre ha sido un hombro sobre el que llorar, la consejera de sus amigos pero ya no puede más.

Necesita a alguien que la abrace sin fijarse en los defectos que sólo ella ve. Toda su vida ha buscado una persona que demuestre ser de fiar y aún le queda mucho camino por recorrer.

Yo soy su reflejo y la veo consumirse día tras día por mentiras que la hieren sin motivo. Finje que no sufre y se le está olvidando lo que se siente al sonreír de verdad.

La encuentro todos los días bajo la lluvia y le pregunto lo mismo una y otra vez:
-¿Por qué no sonríes?
Se lo repito hasta que es capaz de responderme:
- ¿Tengo razones para hacerlo?
No encuentra consuelo en ningún lugar y se contenta con dibujar la muerte en su cuerpo. Nadie la ve torturarse porque nadie se preocupa de verdad por ella.

Se aleja bajo la lluvia, sin inmutarse cuando la salpican los charcos de agua sucia. Ha dejado de sentir cualquier cosa que no sea dolor, que no sea soledad. Las pocas veces que se atrevió a contar sus penas la acallaron con sus comentarios.
- Sólo quiere llamar la atención.
- Como si no tuviesemos otras cosas en las que pensar.
Pero la puñalada que más dolió fue oír a sus amigos darle la razón sin escuchar su llanto.

Intentó no llorar, intentó ser fuerte y, como todos los que sufren, escondió su dolor. Se convirtió en dura piedra. Una roca que es olvidada, que se cubre de musgo y que es lanzada a un lago. Poco a poco se hunde; ya no espera volver a ver el sol, no espera volver a sonreír.

Hace mucho frío a su alrededor y su corazón se congela. Dice que está bien a todo el que pregunta porque sabe que no se preocupa por ella, sólo quiere evitar la culpabilidad al contarle las nuevas noticias sobre su vida.

La lluvia la hace resbalar y cae. La piedra de corazón de hielo se hunde en la oscuridad y deja de sentir. Ya no hay dolor. Todo el mundo la recuerda ahora que sólo quedan pedazos de piedra fría. Siempre estuvieron seguros de que algo no iba bien. Lo sabían todo, por supuesto. Lo sabían todo y no hicieron nada.