viernes, 30 de agosto de 2013

La estrella suicida.

Hacía tanto tiempo que estaba alli que no recordaba cómo había llegado. Observaba el mundo desde su atalaya con la única compañía de una estrella muerta tiempo atrás, lejos de cualquier persona. Su interior se había helado, su corazón era un témpano de hielo ardiente. Desde su observatorio, veía como el mundo se enamoraba, se rompían parejas y comenzaban amistades.

De su pasado, de lo que la condujo a esa situación, sólo recordaba el dolor. Dolor al ver y permitir que destrozaran su corazón, dolor ante la indiferencia de aquellos a los que quería. Castigó la soledad con la soledad absoluta y se prohibió sentir.

Eso sí era sufrimiento. Echaba de menos el calor de un abrazo y unas palabras amables, aunque en su vida siempre habían tenido otra cara, eran un arma de doble filo que no permitía que las herudas sanasen.

Echaba de menos ser capaz de querer a alguien, que la presencia de una persona, su sonrisa, su respiración, su caricia, su simple pestañeo iluminara un día entero. Pero eso había quedado atrás. Lo único que tenía de ello era un hiriente recuerdo y el siempre presente hastío a su persona.

A pesar de todo, quería volver a aquel mundo de emociones y desencuentros. Tenía que haber alguien dispuesto a ser su apoyo y permitir que ella fuera lo mismo. Qué importaba si era hombre o mujer, amigo o pareja. Sólo quería saber si alguna vez oiría un "no te preocupes, estoy aquí" que la reconfortase y que fuera de verdad.

Estaba cansada de muchas cosas, la más importante, romper espejos. Habría alguien que la quisiera tal y como era.

Su corazón ya empezaba a seguir los pasos de la estrella suicida.