La mochila era demasiado grande para Irene o, mejor
dicho, Irene era demasiado pequeña para el mundo. Trotaba detrás de su hermano
mayor, quien la sujetaba de la manita y tiraba de ella para no perder el ritmo
de su grupo de amigos. Todos le tenían aprecio a la niña, era como su mascota.
Cuando iban a su casa, le dejaban jugar a los videojuegos con ellos y ella
decía que “le hacían sentirse mayor”. De vez en cuando le traían caramelos o le
regalaban juguetes de cuando eran pequeños.
Se despidieron del grupo de jóvenes en el portal de su
casa, donde se encontraron con unas vecinas suyas. Irene tuvo que contener la
risa. Su hermano Héctor siempre decía que sus vecinas eran “un montón de
gallinas cluecas” y siempre que las veía se las imaginaba con plumas y pico, o
cocinando alpiste en la cocina o empollando huevos en el sofá mientras hacían sus
labores con las gafas en la punta del pico.
Cuando llegaron al piso, los recibió el silencio. Dejaron
las mochilas y la niña echó a correr por toda la casa, mirando debajo de las
camas y de las mesas. Volvió al salón sin aquello que buscaba. ¿Y si se había
vuelto a escapar? La idea le anegó los ojos de lágrimas. Un maullido en lo alto
de una estantería atrajo su atención.
-¡Michelines!- gritó.
Los ojos de la gata la miraban desde lo alto. El nombre
había sido una broma cruel de su hermano y ahora ya no respondía a otro. La
gata era incapaz de esconderse debido a su tamaño. Habían sido múltiples los
intentos de ponerla a dieta después de adoptarla, pero Irene sentía lástima por
el animal y le daba de comer a escondidas. Cuando la pequeña se aburría,
torturaba a su hermano acercándole la gata y viendo cómo estornudaba y se
rascaba como un perro pulgoso. Él las echaba de su cuarto y se encerraba,
aunque sin enfadarse con Irene, pues era incapaz de hacerlo.
-¡Michelines, ven aquí ahora mismo!
Irene trataba de hacerla bajar.
-No lo vas a conseguir así.- le dijo su hermano desde el
sofá.
-Por favor, Michelines, baja.
Y la gata bajó con esa elegancia propia de un gato casi
esférico. Irene le sacó la lengua a su hermano.
La buena relación entre Irene y Héctor era atípica y no
se debía a que fueran buenos hermanos. El verdadero motivo eran sus padres.
Éstos a penas pasaban tiempo en casa. La familia sólo
coincidía a la hora de la cena, donde sólo se oían los tenedores en los platos.
A Irene no le gustaban esos silencios incómodos, pero sabía que cualquier
intento de conversación acabaría en una discusión. Ambos progenitores tenían un
carácter muy fuerte y siempre chocaban el uno con el otro. Al terminar de
cenar, los niños eran mandados a la cama. Aquella noche, como tantas otras, los
gritos inundaron la casa. Irene trató de no escucharlos metiendo la cabeza bajo
la almohada y tapándose con las sábanas, de tal manera que lo único que se veía
de ella era un bulto sobre el colchón. La niña no pudo evitar preguntarse si
sus padres se querían. Dejó caer unas
lágrimas silenciosas mientras los gritos iban a más. Quizás mañana su padre
despertara con un arañazo en la cara o su madre se fuera a trabajar con ojeras
y los ojos rojos.
Irene tenía miedo. La discusión se acaloraba a cada
segundo. Michelines subió a su cama, se tumbó a su lado y lamió las lágrimas
que pendían de su barbilla. La niña acarició el negro pelaje de su mascota y se
tranquilizó al sentir su cálido cuerpo pegado al suyo. Tras un rato sin
moverse, se levantó y salió descalza de su cuarto. Michelines la adelantó y
rascó la puerta del cuarto de su hermano hasta que la abrió. Héctor acostó a la
pequeña en su cama y se sentó a los pies del colchón. La gata se plantó frente
a la puerta y bufaba si oía pasos acercarse al dormitorio. Héctor estaba tenso.
No parecía un chico de trece años, sino mucho más mayor. Irene estaba nerviosa
y temblaba bajo las sábanas.
-No tengas miedo- le dijo su hermano-. Mira cómo te
protege Michelines.
Irene sonrió y se durmió más tranquila.
Un ruido la despertó temprano. Abrió un ojo y vislumbró a
Héctor intentando meter a Michelines en su maletín de viaje.
-Vístete deprisa y no hagas ruido.- le ordenó.
Irene obedeció mientras Héctor cogía sus cosas y se
echaba a la espalda una bolsa de deporte en la que cabía Irene sin problemas.
La niña se puso su chaqueta y siguió a Héctor. Su madre dormía en el sofá del
salón. Salieron despacio de la casa y, una vez fuera, el mayor empujó a Irene
para que se diera prisa. Caminaron mucho rato. Irene tenía frío pero no dijo
nada por respeto a las ojeras de su hermano.
Conocía el camino por el que Héctor la llevaba.
-Héctor… Si despiertas a Hugo a estas horas se enfadará.
Él no respondió. Llegaron al portal, que siempre estaba
abierto. Arriba, en la puerta del piso, la madre de Hugo les hizo pasar con
cara de preocupación. Hugo, el mejor amigo de Héctor llevó a la niña al salón y
encendió la consola. Aun así, a pesar del ruido del juego, pudo oír la
conversación que llevaban en la cocina.
- … fue muy fuerte. Mi madre quería entrar en nuestro
cuarto y gritaba barbaridades sobre nosotros. Decía que éramos los culpables de
todo.
-No te preocupes. Todo va a ir bien- Un silencio-. ¿Irene
no se enteró de nada?
-Duerme como una marmota. Además atranqué la puerta.
Unos minutos después, Héctor se sentó entre Hugo e Irene.
El chico escondió la cara en las manos y suspiró. Estaba haciendo un esfuerzo
por contener las lágrimas. Hugo le puso una mano en el hombro.
Durante ese día, mucha gente quiso hablar con Irene: su
familia, unos agentes de la policía, sus padres… Pero ella se negó a hablar. No
dijo nada hasta que sus abuelos insistieron en llevar a los chicos a su casa. La
niña había estado acurrucada al lado de Héctor desde que oyera a sus padres en
el rellano. Levantó la cabeza. Habían sacado a Michelines de su maletín y se
lanzó sobre ella para confortarla. Irene aceptó, esperando que de verdad todo
fuera bien a partir de entonces.
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