La
ciudad entera quedaba a sus pies que colgaban de la azotea. Allí nadie podía
verle, nadie se preguntaba quién era ni por qué tenía los ojos rojos. Aquel era
su santuario, el lugar al que nadie más iba y podía estar sola. El viento se
agitaba bastante a esa altura de dieciocho pisos y ella esperaba que se llevara
los buenos recuerdos para que no dolieran más. Quería que se llevase sus
recuerdos, porque sabía que ella ya no podía volar de regreso a su verdadera
casa. Había elegido y estaba segura de haberlo hecho bien, pero eso no impedía
que el alma se le desgarrase cada vez que se sentía sola en esa gran ciudad de
cemento y asfalto, de altos edificios y frías personas. Cerró los ojos y
repasó, como tantas veces había hecho en menos de seis meses, lo que le parecía
que había ocurrido hacía una vida.
El
verano. Por fin había llegado. Por fin volvía el sol y el calor, los largos
días. Elisa echaba de menos las tardes en las que se dedicaba a remolonear en
la playa. Volvían las fiestas improvisadas
en la arena.
Observó
la gran extensión azul que era el mar desde la ventana de su apartamento. Era
un sitio pequeño y destartalado ocupado por ella y por algún gato callejero que
de vez en cuando se colaba por el balcón. Su madre se había empeñado en decorar
el pisito, asegurando de que Elisa era incapaz de cuidarse ella sola y que
necesitaba su ayuda. A pesar del diminuto tamaño, se las había apañado para
meter en la pequeña habitación que uno
se encontraba al entrar una moderna cocina, un salón y un comedor modernos y a
la última moda. Los tonos alegres de los muebles evitaban esos largos períodos
de apatía en los que Elisa acostumbraba a perderse. El dormitorio era pequeño y
luminoso gracias al balcón que daba a una de las calles principales de la
ciudad costera. Apenas cabía la cama, el armario y el escritorio en el cuarto.
A Elisa poco le importaba, pues hiciera frío o calor, prefería coger su
ordenador y vagabundear por ahí en busca de inspiración.
Quería
dedicarse a escribir. No le importaba ser periodista, escritora, guionista… Lo
importante era tener siempre un bolígrafo y un papel a mano. Por desgracia,
todavía no había escrito nada que no desechase a mitad. Mientras la gloria y la
fama que ansiaba llegaban, se ganaba el pan en la librería del barrio. Era un
barrio poco importante en esa ciudad y sobre todo, barato. Los turistas no
solían ir por allí y las casas tenían más años que los abuelos de los
octogenarios que habitaban algunas.
Elisa
bajó las escaleras del edificio, saludó a la portera y salió a la calle, donde
a pesar de ser las ocho y media de la mañana, el calor ya se empezaba a notar.
Anduvo despacio hasta llegar a la librería. Abrió ella, pues los dueños no
aparecerían hasta mediodía, si había suerte. Se recogió la melena cobriza y se
clavó en la camiseta el cartelito con su nombre. La mañana transcurrió como
todas, tranquila, con un par de clientes extraviados que no hicieron ninguna
compra. Elisa se había preocupado por la poca clientela al entrar a trabajar,
pero dos años después, la tienda seguía abierta y los dueños no parecían tener
intención de cerrarla.
La
novedad llegó a la hora de comer. La joven acababa de darle la vuelta al
cartelito donde se leía “Cerrado” cuando oyó unos golpes en el escaparate. Allí
un chico la saludaba con una sonrisa. Elisa salió, extrañada.
-¿Quieres
algo?
-Creo
que me he perdido. Me acabo de mudar y buscaba esta dirección.
El
chico le tendió un papel arrugado.
-No
estás muy lejos.
Elisa
le indicó por dónde tenía que ir mientras él la miraba con atención. La incomodaba.
-Muchas
gracias.- contestó él, con un acento extraño que Elisa no conseguía situar.
-¿De
dónde eres?
Él
al miró con una sonrisa torcida antes de contestar.
-Argelès.
¿Lo conoces?
-Me
suena.- mintió ella.
-Me
llamo Yule. Es como los celtas llamaban al equinoccio de invierno.
-Ah.
Yo soy Elisa.
-Encantado,
Elisa-hizo una exagerada reverencia, que consiguió arrancarle una sonrisa-.
Espero algún día poder agradecerte que me ayudaras a encontrar mi nueva casa.
-Me
vale con que no te pierdas. Es difícil no encontrarlo, pero visto lo visto…
Yule
enarcó una ceja y se despidió. Elisa iba a entrar otra vez a la librería
cuando, sin darse cuenta, se giró y le gritó:
-¡Esta
noche hay una fiesta en la playa! Para celebrar que empieza el verano. Igual te
apetecía pasarte.
El
joven la miró con unos impresionantes ojos verdes.
-¡Sólo
si tú estarás allí!
Elisa
entró rápidamente para que no viera el rubor de sus mejillas.
Un
par de horas después, la muchacha volvía a su casa. Seguía pensando en el
chico, el tal Yule. Lo había conocido ese mismo día y ya no podía quitárselo de
la cabeza. No dejaba de repetirse: ≪Eso sólo pasa
en los libros, idiota≫. En la vida real no
te enamorabas del primer chico que tocase en el escaparate de tu tienda. Aunque
tuviese esos ojos verdes tan profundos, esa sonrisa traviesa, unas facciones
que parecían esculpidas en mármol por el mejor de los artistas… ≪ ¡PARA!≫, se
ordenó mentalmente. ≪Eres mayor para estas cosas, Elisa. Piensa con la cabeza≫.
Se convenció de que
todo aquello sólo era una chiquillada durante la ducha. Se secaba el pelo
cuando un gato trepó a su balcón. No era nada extraño, solía dar de comer a los
gatos callejeros que se le acercaran, pero aquel tenía un collar. Y sujeto por
el collar, un papel con algo escrito. Elisa lo leyó sorprendida:
“Antes no me has
respondido y no iré si sé que no estás”.
Se asomó a la calle.
Allí abajo, le sonreía Yule, con el cabello castaño despeinado. La luz de sus
ojos le llegaba hasta el segundo piso.
-¿Cómo sabes dónde
vivo?
-¿Vendrás?
-Yo te he preguntado
primero.
-En realidad, no.
Llevo dos horas esperando tu respuesta.
Elisa suspiró.
¿Saldría con un acosador? Podía tener el acento más seductor del mundo, que lo
tenía, pero eso no quitaba que en dos horas hubiera averiguando su dirección.
-Sí, iré.
-Te diré entonces
cómo sé dónde vives. O puede que no.
Dicho esto, se marchó
corriendo.
Elisa cerró la puerta
a sus espaldas. Estaba nerviosa. Quería pensar que por el hecho de que Yule se
tomara tantas molestias con ella, pero no era la verdad. La verdad era que el
corazón le iba a mil por hora y por primera vez en su vida, se había arreglado
para matar.
Caminó hacia la playa
intentando no parecer desesperada por llegar. ¿A ojos de quién, si no había
nadie por la calle? A los suyos. Quería auto convencerse de que Yule no había
causado la reacción que le había causado. Las luces de los farolillos iluminaban el
camino. El ruido de la gente le llegaba hasta los oídos, pero ella no lo
procesaba. Sólo podía ver aquella figura esbelta que se recortaba contra las
hogueras que iluminaban la arena. Llegó hasta Yule, le sonrío y saludó.
-Ahora, explícame
cómo has conseguido mi dirección.
Él exhibió una gran
sonrisa y le puso un vaso de alguna bebida alcohólica en la mano.
-Sólo si te portas
bien.
La cogió de la mano y
la llevó a la fiesta.
La continua llegada
de vasos de plástico terminó por atontarla. Reía los chistes de Yule y bailaba
con él como no lo había hecho con nadie. Incluso se dejó arrastrar por un par
de extranjeros a un baile algo más apretado. Yule la observaba desde lejos con
una sonrisa. Parecía querer memorizar cada rasgo, cada movimiento que realizara
el cuerpo de Elisa. Ella fingía no enterarse. En un momento dado, un borracho
la empujó y cayó al suelo. No pudo reprimir un gemido de dolor. Se había
torcido el tobillo. Lo siguiente que vio fue a Yule, que la intentaba ayudar,
sujeto del cuello de su camiseta por uno de los extranjeros con los que Elisa
bailaba.
-Está con nosotros,
idiota.
El enorme hombre lo
soltó y cayó con un golpe sordo sobre la arena. El hombretón se acercó a Elisa
con un brillo achispado en la mirada.
-No creo que quiera
estar contigo.
-Me da igual, ella no
tiene nada que decir.
Elisa estaba
asustada. Nadie más se daba cuenta de lo que ocurría.
-No me he molestado
en acosarla para que la trates como un objeto.
Yule se levantó y le
asestó un certero golpe en la mandíbula. El otro cayó al suelo. Sin perder un
segundo, el chico levantó a Elisa en brazos y se alejó veloz de la playa. La chica se sorprendió de la fuerza del
muchacho. Avanzaron así por un par de calles, antes de que la depositara en el
suelo, jadeando.
-¿Estás bien?
Elisa asintió.
-Eres tú quien se ha
metido en una pelea.
Yule se acariciaba el
cuello dolorido.
-Las ha habido
peores.
-Gracias.
Elisa intentó andar
hacia él pero el tobillo estuvo a punto de tirarla al suelo. Yule la sujetó.
-Ni lo intentes,
pata-palo.
Elisa se río y
anduvieron apoyándose el uno en el otro. Ella no se percató de que no se
dirigían hacia su casa hasta que llegaron al portal. Se detuvo en seco y le
miró con el ceño fruncido.
-¿Qué quieres? ¿Qué te
lleve a casa? Bonita, no estoy en condiciones para llevarte en volandas hasta allí.
La joven estaba
cansada, dolorida y atontada, así que tampoco pudo discutir. Se ayudaron
mutuamente para subir hasta el ático.
-Qué nivel.- susurró
Elisa.
Yule sonrió y le
abrió la puerta. Era casi tan pequeño como su piso. El chico la guió hasta la
cama, grande para ese dormitorio, y le dio las buenas noches.
-Si quieres algo,
estoy en el sofá.
-¡No!- Elisa se tapó
la boca con una mano- No quiero echarte de tu cama.
-¿Seguro que es eso?
No me meto en la cama con nadie en la primera cita.
Un cojín le dio de
lleno en la cara, acompañado por una carcajada de Elisa. Sentía que le conocía
de toda la vida. Yule se quitó la
camiseta y se sacudió la arena del pelo. Elisa le dio la espalda y se durmió a
los pocos segundos.
La luz del sol le
daba en la cara, pero no fue eso lo que la despertó. Yule le dio un codazo,
murmuró algo sobre una almohada y le quitó la susodicha.
-¡Eh!- se quejó
Elisa, con voz somnolienta- ¿Qué haces?
-Estabas acaparando
la almohada.- las palabras llegaron ahogadas, pues el chico había hundido la
cara en la almohada tras arrebatársela.
-Los invitados tienen
preferencia.
Yule levantó la
cabeza y dijo:
-No en mi casa.
Acto seguido, le dio
una patada e intentó volver a dormir, pero Elisa no se lo permitió. Se puso de
pie y se dejó caer sobre él. Apoyó la cabeza en su espalda.
-Estarás cómoda.
-No, estás muy duro.-
respondió ella, golpeando suavemente la espalda de Yule.
-Gracias. Me cuido
mucho, ¿sabes?
Ella rió y se
levantó. Se tuvo que volver a sentar en el colchón por el horrible dolor del
tobillo, que le ascendió por la pierna.
-¿Estás bien?
Yule se despertó de
golpe y gateó por la cama para sentarse a su lado.
-Ayer me torcí el
tobillo.
-Lo sé, por eso estás
aquí.
Elisa repasó los
acontecimientos de la noche anterior. Sólo se había caído, no había razón de
ser para tanto dolor. La imagen de Yule colgando del puño del hombre le cruzó
la mente.
-No te he preguntado
cómo estás.
-¿Por salvarte ayer
de ese salvaje? No te preocupes, estoy acostumbrado a salvar…
-Di princesa y te vas
por la ventana.
El chico calló y la
miró mientras Elisa buscaba alguna cosa fuera de lugar en su tobillo.
-¿Todo en orden?- le
preguntó cuando se incorporó.
-Eso parece- Elisa le
devolvió la mirada a sus profundos ojos verdes-. Gracias. Por lo de ayer, por
dejar que me quedara en tu casa y por preocuparte.
-No hay por qué
darlas.
-¡Claro que sí! ¡Te
has portado muy bien conmigo! Y eso que nos conocimos ayer.
-No lo creo.
Elisa le miró
extrañada y susurró:
-¿Qué? Si te hubiera
conocido antes me acordaría.
Se ruborizó un tanto,
aunque no lo notó.
-Ya, mi bello rostro
no es fácil de olvidar, pero no me refería a eso-hubo un momento de silencio
dramático y se acercó a su rostro hasta que sus narices se tocaron antes de proseguir-.
No creo que sintiera esto por alguien a quien conocí hace tan poco.
Elisa no pudo
contenerse y juntó sus labios a los de él.
Recuerda ese verano y
el invierno siguientes como los mejores meses de su vida. Los días pasaron
volando. La playa se convirtió en su refugio, poco importaba si llovía o
helaba, allí estaban ellos. Elisa disfrutaba de cada segundo a su lado con la
sospecha de que era demasiado bonito para ser cierto. Y tenía razón. Un año
después, le llegó una carta. Esa misma tarde, se presentó en el ático de Yule
con un nudo en la garganta. El chico la dejó pasar, preocupado.
-¿Qué ha ocurrido?
-Un periódico
importante ha leído uno de mis escritos y me ha propuesto escribir una columna
para ellos.
Yule suspiró con
alivio.
-Pero, ¡eso es bueno!
Es lo que querías. Escribir. Te pagarán por ello.
-Ese no es el
problema. Tengo que irme.
-¿A-adónde?- A Yule
se le quebró la voz.
-Me llaman de la
capital.
El silencio se
instaló entre ellos. Elisa rezaba porque Yule dijera algo, pero él se limitó a
mirarla como si en cualquier momento se fuera deshacer.
-Y debes ir.-
respondió, al fin.
-¿Vendrás conmigo?-
preguntó Elisa con una leve esperanza.
-Sabes que no- no le
sorprendió la respuesta, pues Yule tenía allí un trabajo bien pagado que no se
podía permitir dejar-. Todavía no- se corrigió-. Tienes que ir y hacer lo que
quieres. Te prometo que algún día iré contigo, cuando tenga dinero para una
temporada.
-¿Lo dices de
verdad?- repuso ella, al borde del llanto.
-¿Y qué haré si no?
¿Pasar el resto de mi vida sin ti? No puedo ni planteármelo.
Elisa le abrazó.
Una semana después se
despidieron en la estación. Entre lágrimas y promesas, se besaron y vieron como
el otro se alejaba.
Seis meses después,
Elisa perdía la esperanza de recibir ninguna carta más de Yule, ni una llamada.
Hacía semanas que no les contestaba. ≪ ¿Qué esperabas? ¿Qué un amor de verano
más largo de lo normal quisiera volver a verte?≫ Las lágrimas recorrieron sus
mejillas. Las secó al oír una tos a sus espaldas. Se giró y allí estaba. Yule.
Más moreno de lo que le recordaba, pero igual de cálido. Así lo comprobó cuando
se lanzó a sus brazos.
-Hace mucho que no
escribías, pensaba…
-Lo sé. No he tenido
tiempo. Acosarte a distancia me ha costado más que en esa ciudad.
Ambos rieron.
-¿Esta vez me
contarás cómo me has encontrado?
-¿Cómo no iba a
encontrarte, si no he parado de buscarte?
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