domingo, 5 de agosto de 2012

Irene


Miro a mi alrededor. En la estación, todos se apresuran a despedirse, coger su equipaje y subir al tren. Sin embargo, yo retengo a Irene. No quiero que se marche. Ella sigue de pie, a mi lado, envuelta en la bruma matutina como todos nosotros, sin ser igual. Resplandece con luz propia. Su sonrisa pícara ha desaparecido, para dar paso a unas amargas lágrimas silenciosas, que resbalan por sus mejillas, normalmente llenas de hoyuelos.  Su cabello dorado como el sol se mece con la suave brisa fría, tiene la piel de gallina por el frío de la mañana, los ojos azules parecen no haber dormido en toda la noche; deben haber cambiado el descanso por el llanto. Sé que debe irse, pero sus dedos todavía están prendidos de mi mano. La miro a los ojos y recuerdo la primera vez que la vi.
Dos meses atrás, fui a esa misma estación. Mi mejor amigo estaba en el hospital, gravemente enfermo y su hermana llegaba ese día para pasar el resto del verano con él. Llegaba muy temprano y el cielo todavía no era azul, si no de colores rosados, tan característicos del amanecer. Pese a la hora, el calor empezaba a hacer acto de presencia y deseé no tener que esperar mucho. Los trenes iban y venían, la estación era un continuo flujo de gente que se rencontraban y se despedían. Había gente que lloraba, sobre todo niños. Fui incapaz de ponerme en su lugar, no me veía llorando la marcha de alguien. Quizá lo lamentara por dentro, pero no era la clase de persona que llora fácilmente. El banco, frío por la exposición a los elementos durante la noche, me resultaba incómodo y no ayudaba a aligerar el transcurso del tiempo. Miraba el reloj cada pocos segundos, entre bostezo y bostezo. Si no fuera porque su amigo se lo había pedido, estaría con él en el hospital, en esa sala blanca y con ese olor a centro sanitario.
Un tren frenó en frente de mí. Las puertas se abrieron y gente somnolienta bajó rápidamente, cargando con pesadas maletas o maletines y fundas de portátiles. La mayoría parecían estresados y sus caras eran la viva imagen de la angustia. Por eso me fijé en ella, porque bajó con calma, sin prisas, vestida con lo primero que había fuera de su pesado equipaje y una coleta medio deshecha. Desentonaba con la gente tan bien vestida que habían sido sus compañeros de viaje.  Paseó la mirada por el andén. Supuse que no me reconocería, había pasado mucho tiempo desde la última vez que la vi. Había cambiado mucho. Ya no era esa chica con el ceño siempre fruncido, si no que lucía una preciosa sonrisa traviesa sin razón alguna. Emanaba paz, tranquilidad y luminosidad. El primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que parecía un campo de maíz. El cabello y la piel claros eran las altas espigas, las mejillas levemente sonrojadas eran las mariposas que revoloteaban junto a las abejas, el equivalente a las pecas de su redondo rostro. Los ojos azules se fijaron en los míos durante unos segundos y sonrió. Se acercó lo más deprisa que pudo, arrastrando la maleta tras ella. No sabía qué decir. Me había quedado totalmente petrificado por primera vez en mi vida.
La llevé con su hermano. En la habitación, sin decir nada, se sentó en la cama y cogió la mano de mi amigo. Estaba pálido y ojeroso. Tenía muy mal aspecto. Irene mantuvo la sonrisa en todo momento mientras él estuvo despierto. En cuanto sus ojos se cerraron y su respiración se acompasó, la muchacha se derrumbó. Amargas lágrimas surgieron de sus ojos, acompañadas por sollozos. Miré a mi amigo y me uní a su llanto en silencio. Estuvimos en silencio hasta que una enfermera nos echó. La acompañé hasta la puerta del hospital. Allí, se giró y me agradeció el haber estado con ella, pues se veía incapaz de soportar el dolor de ver a su hermano postrado en una cama. Desde entonces, no nos habíamos separado.
Hasta hoy. Nuestras miradas siguen trabadas la una en la otra. No puedo dejarla ir. Me duele hacerlo, aunque sea lo correcto. Tiene que volver a la universidad, a su trabajo. Nos veremos una vez al mes, pero eso no es suficiente. Quiero que se quede conmigo y no me deje. Le propuse ir con ella, pero me dijo que debía quedarme con su hermano para ayudarle en su recuperación. Le prometí que no me apartaría de su lado pero ahora me costaba mantener mi promesa. Nos veríamos una vez al mes, un fin de semana. Me susurra que tiene que subir al tren. Sus dedos resbalan de mi mano y veo alejarse a la única persona que me ha visto llorar. Desaparece entre los demás viajeros durante unos segundos. Un nudo se me forma en la garganta y los ojos se me llenan de lágrimas, que contengo con dificultad. Nos había unido algo doloroso, pero ese dolor ya se había marchado para dejar sitio a la distancia. Me alegraba por mi amigo y su buena salud, pero ver el rostro de Irene pegado al cristal me rompía el corazón. Me sonríe, alguna lágrima rebelde huye de su autocontrol. Pega los labios al cristal y me lanza un beso. Se separa de la ventana y me mira. Me hace gestos para que me acerque a la puerta. Corro hacia allí. Ella se asoma y me besa. Siento sus lágrimas unirse a las mías. Nos separamos, pues las puertas ya se cierran. El tren se pone en marcha. Agita la mano para despedirse. Ya no puede fingir la sonrisa. Vuelve a su vagón y vuelve a acercarse al vidrio. Agitó el brazo, para que me pueda ver a pesar de que ya está lejos. No me muevo del andén hasta que el tren desparece de mi vista. Después me doy la vuelta y me marcho de la estación, dispuesto a visitarla cada fin de semana, hasta que su hermano se recuperase del todo. Después, iría con ella y no me separaría jamás.

Miedos de papel.


No quería levantarme de la cama. Saber que una vez me pusiera en pie, el infierno daría comienzo como todas las mañanas me aterraba. Mis compañeros de clase eran auténticos monstruos que se divertían con el dolor ajeno.  Me miré en el espejo. Cada día era peor que el anterior y eso se reflejaba en mi imagen. Estaba demacrada, esmirriada, pálida, las uñas mordisqueadas y los dedos con pequeñas heridas. Cuando empezó el curso no era así. Era una chica llena de vida y alegría, aunque suene muy típico, pues en todos los relatos estos adjetivos tienden a ir juntos. Nada conseguía borrarme la sonrisa del rostro… hasta que los conocí a ellos.
Metí los libros de ese día en la mochila, me vestí y fui a desayunar. Parte del apetito me había abandonado, de ahí mi enclenque apariencia, pero mis padres seguían creyendo que era una fase y que pronto todo cambiaría. Pero yo sabía que no.  Sin tocar apenas la comida, me levanté y empecé a caminar en dirección al colegio. Bajo el brazo llevaba un libro de Poe.  En sus relatos, veía reflejados los miedos que toda persona podía tener convertidos en seres de carne y hueso, es decir, en algo que se puede eliminar mucho más fácilmente que lo abstracto. Podías huir de ellos, pues son cosas tales como un gato, un cuervo o un amigo que odia tu risa.
Vi al grupo de siempre en la puerta del instituto, esperándome. Me señalaban y se reían. Me aferré al libro y, con la cabeza alta, me dirigí hacia ellos. Pasé de largo. No iban a conseguir hundirme. Me había propuesto no dejarme vencer y ellos no serían los que tiraran por tierra mis propósitos. 

Viva en sus recuerdos


El cielo de la tarde era gris. La lluvia caía con abundancia y resbalaba por los cristales, empañando la visión de Adrián. Estaba sentado en el alféizar de la ventana de su piso medio vacío. Su ánimo era acorde con el tiempo. Podía verla en cada habitación, en el sofá, en la cama, sentada en la encimera, tirando los zapatos al entrar… Pero ya no estaba. Teresa se había ido. Siguió mirando la calle. La gente corría para huir de la lluvia. El cristal se empañó y Adrián se puso en pie. Amueblado con lo justo, el piso estaba lleno de fotos de Teresa. Había dos en particular que le encantaban a Adrián. Una de ellas, salían los dos al borde de un precipicio. Teresa estaba subida en la espalda de Adrián, melena al viento y ambos riendo a mandíbula batiente.  El cielo azul estaba surcado por alguna nube esponjosa y quedaba remarcado contra el verde de los altos árboles. Teresa tenía los brazos abiertos y los ojos cerrados, para permitir que el agua que subía le salpicara. La otra fotografía, salía Teresa bajando las escaleras de la biblioteca de la ciudad corriendo, con unos libros bajo el brazo derecho y un vaso de plástico lleno de batido. Vestía como siempre, a su manera, con unos vaqueros y una camiseta ancha. Sonreía como siempre.  Era un torrente de energía. Nadie podía pararla. Por eso, aquel día fue tan fácil ver que se acercaba el fin.

El día empezó como otro cualquiera.  Teresa se despertó cuando el sol apenas había salido.  Se incorporó, miró unos segundos por la ventana, sonrió y miró a Adrián, quien todavía dormía a su lado. Cogió uno de los cojines que descansaban a sus pies y se arrodilló sobre la cama.
-¡Venga, despierta! ¡Ya es de día!- gritó sacudiéndole con los cojines.
Adrián se despertó sobresaltado. Una vez se hubo recuperado, atrapó el cojín y tiró de él. Teresa fue detrás y cayó sobre las piernas del chico.
-¿Crees que estas son formas? – musitó él, todavía medio dormido, algo enfadado. Teresa le sonrió y torció la cabeza, como los perros cuando no entienden algo. Adrián la echó a su lado de la cama. Ella rió con ganas y volvió a tumbarse sobre él para hacerle cosquillas. Adrián se la quitó de encima sin ningún problema, con una sonrisa en los labios. Todavía tumbado, trabó su mirada en la de Teresa. El cabello castaño de la chica estaba alborotado y caía sobre sus hombros desnudos.  Los ojos grises estaban algo más apagados de lo normal, pero aún así rebosaban vida. Ese día no tuvo nada en especial, aparentemente. Teresa parecía haber cogido un resfriado, pero no sabía lo que se le venía encima hasta el día siguiente.

Teresa tenía entre las manos un tazón de café. Su jersey de mangas larguísimas se amontonaba en sus muñecas.  Estaba apoyada en la encimera, viendo a Adrián pasar de una habitación a otra, con prisas, como siempre. El chico estaba poniéndose los zapatos cuando oyó romperse algo en la cocina. Fue corriendo y se encontró a Teresa en el suelo, con los ojos cerrados. La sujetó por lo hombros, la llamó de todas las formas que se le ocurrieron, la abrazó y derramó lágrimas por ella, pero Teresa no se despertaba. Llamó a una ambulancia y siguió abrazado a ella, sentado en el suelo, entre los trozos de la taza de café.  No fue capaz de pronunciar palabra mientras se la llevaban en una camilla, ni cuando la vio en el hospital, conectada a mil tubos que llevaban a otras tantísimas máquinas ni cuando se le acercó el médico.
- ¿Fue usted quien llamó a la ambulancia?
Adrián asintió con la cabeza.
-Siento decirle esto… Teresa tiene un fallo renal. En otra situación, estaríamos buscando un donante, pero me temo que es demasiado tarde.
El mundo se derrumbó a su alrededor. No podía ser. A ella no. El médico se dio la vuelta y lo dejó en medio de su desolación. El chico pegó la frente a la pared. Tenía ganas de dar puñetazos, pero carecía de las fuerzas suficientes.  Se sentó en uno de los sillones (por llamarlos de alguna manera) de la habitación de Teresa. No podía apartar la vista de ella. Quería grabar en su memoria cada detalle que se le pudiera haber pasado por alto. Todos los lunares de su cuerpo, desde el de debajo del ojo hasta el del tobillo derecho. La forma redondeada de sus labios, que tal vez no volviera a besar. El olor a vainilla de su pelo. Quería recordarlo todo. Su risa cristalina, sus melancolías momentáneas, sus manías. Teresa se despertó. Adrián se levantó, cogió las manos de la chica entre las suyas y posó sobre ellas sus labios, impregnándolas de las lágrimas que se veía incapaz de contener.
- ¿Qué pasa? –preguntó ella, ignorante todavía de su destino.
Adrián le contó lo que le había dicho el médico. El rostro de la chica palideció todavía más. Él se acostó a su lado y la rodeó con los brazos. Teresa lloraba en silencio. Era la primera vez que la veía así. Quería acabar con su sufrimiento cuanto antes, pero eso sería también acabar con su vida.
Pasaron los días sin que Adrián se apartara de su lado.  Iba a verla por la mañana temprano y se marchaba por la noche, cuando lo echaban.  Teresa cada vez estaba más deteriorada. Estaba pálida y delgada. Le costaba respirar y moverse era todo un esfuerzo.
Una tarde, Adrián se levantó de la cama, pues ya se hacía tarde. Un pitido constante le obligó a girarse. Teresa estaba inmóvil. Enfermeras y médico entraron en la habitación y lo sacaron de allí. Una hora después, se dejó de oír ruido. Adrián dejó caer la cabeza. ¿Ya se había acabado? Teresa llevaba un mes en el hospital. ¿No podían hacer nada más por ella? La puerta de abrió, pero nadie salió. Adrián se acercó a la cama. La expresión de Teresa era de paz y tranquilidad. Ojalá no hubiera sufrido. El muchacho se acercó a ella. Acarició su rostro pálido y le dio un beso en la frente. Sin despegar los labios de ella, lloró amargamente.  Vio cómo la sacaban de allí. Recogió sus cosas de la mesilla. Había una carta para él.
Querido Adrián:
 Sé que me queda poco tiempo y sé que sufres por dejarme marchar. No quiero que estés triste porque yo ya no esté contigo. Encontrarás a alguien que mitigue tu dolor. No te voy a pedir que me olvides, es más, espero que me guardes en tu corazón para siempre y espero vivir en tus recuerdos. Pero no quiero que vivas lamentando mi muerte. Sin embargo, quiero que recuerdes el maravilloso tiempo que hemos pasado juntos, que tu visión de mí sea esa en la que nada podía con nosotros, que éramos capaces de vencer cualquier cosa con un solo abrazo. Por favor, recuérdame y sé feliz.
Me gustaría poder decir que te amo, pero estos últimos días me han hecho ver que esa expresión se queda pequeña para lo que siento por ti.

Teresa

Un año después, Adrián guardaba esa carta en un guardapelo escondido en cajón de su cómoda. Hasta ese momento, no había entendido del todo lo que Teresa le había querido decir. Ahora, sí. Debía recordarla, porque aún la amaba, pero entre la tristeza debía encontrar un espacio para la felicidad que sentía al haber podido compartir su vida con ella, estuviera o no con él. Porque aún la sentía en el corazón. Aún podía verla todas las mañanas saltando de la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Aún podía sentir sus abrazos sorpresa, sus besos de perdón por sus rabietas. Adrián volvió a su asiento, el alféizar. La lluvia amainaba y, aunque no salía el sol, podía ver filtrarse la claridad entre las nubes.