Helena cerró la puerta con un golpe más fuerte de lo que
pretendía. Se apoyó en ella para respirar profundamente un par de minutos antes
de dirigirse a la cocina. Su padre estaba allí con una camiseta de propaganda
que estaba llena de manchas, fruto del tiempo entre los fuegos de la cocina. Le
puso el plato de comida en la encimera.
-Hoy vienes tarde. Me voy ya o no llegaré a trabajar.- le
soltó el hombre de un tirón, casi sin respirar.
-Hola, papá.- respondió ella cuando pasó por su lado a
toda prisa. Lo oyó trastear en su dormitorio, despedirse y marcharse corriendo
sin llegar a escucharle realmente.
Se sentó frente al plato. El olor a comida inundaba toda
la habitación y la boca se le hacía agua, pero tenía el estómago cerrado hasta
tal punto que le dolía como si le diesen puñetazos. Se obligó a masticar y a tragar,
aunque cayera en su interior como una piedra.
Pensó en todo lo que tenía que hacer esa tarde. Tenía
muchos días de estudio atrasados y seguramente aquella tarde pasaría a engrosar
la lista. Se sentía incapaz de sentarse frente a un libro la tarde entera y
aprender a recitarlo como un lorito amaestrado. Eso no era lo suyo. No era que
no le gustara estudiar, que tampoco le entusiasmaba, sino que no le gustaba lo
que sus padres le obligaban a estudiar para que no tirara su vida a la basura,
como decían ellos. Las clases eran una auténtica tortura cada día más dura y
difícil de soportar. Por eso mismo, no podía estudiar y eso se reflejaba en sus
desastrosas notas. ¿Qué podía esperar si no era capaz de aprenderse una página
de sus libros de texto? Suspensos y más suspensos. Se sentía abrumada e inútil.
Por más que se esforzara, nada salía bien. Sólo una vez se había sentido así.
Era pequeña y tenía por costumbre ignorar las órdenes de
sus padres, así que hizo oídos sordos cuando, en la playa, le prohibieron
adentrarse sola en el mar. Helena pensó que no pasaría nada porque lo hiciera
una vez. Además, nadaba muy bien. En un descuido, echó a correr hacia el agua y
nado lejos de la orilla. Intentó volver cuando dejó de notar la arena bajo sus
pies. No vio la enrome ola que se formaba a sus espaldas y que la engulló en
pocos segundos. Se golpeó contra el fondo. Asustada, intentó gritar, pero no
hizo más que soltar algunas burbujas y tragar agua salada, que le arañó la
garganta. Agitó los brazos y las piernas tan fuerte y rápidamente como pudo.
Por encima de ella, a unos pocos palmos, brillaba la luz del sol. Luchó contra
la fuerza del mar, pero sólo conseguía agotarse. Alguien tiró de ella hacia la
superficie una vez sus extremidades se negaron a ayudarla. Lo siguiente que
recordaba era estar sobre la arena envuelta en mil toallas escupiendo el agua
que había tragado.
Ahora se sentía como cuando vio el sol bajo el agua.
Sabía lo que tenía que hacer, pero por más que lo intentara y se esforzara,
fracasaba. La corriente la empujaba hacia el fondo y Helena sentía que la
presión era más de la que podía soportar.
Unos golpes en el rellano la sacaron de su
ensimismamiento. Alguien estaba montando un buen estrépito allí fuera. Helena
se puso de puntillas y acercó su ojo a la mirilla. Sólo vio unas cuantas cajas,
una de ellas en el suelo, junto a su contenido. Abrió la puerta y casi se chocó
con una chica que subía corriendo las escaleras con otra caja en brazos. Ambas
se disculparon. La chica recogió lo que se había caído y cargó con otra caja
más. Era demasiado pequeña para el peso que trataba de subir al piso de arriba.
-¿Necesitas ayuda?- preguntó Helena.
La chica sonrió y asintió. Entre las dos subieron las
pertenencias de su nueva vecina, por lo que pudo deducir Helena. Sólo entonces
detestó su edificio sin ascensor. Una vez terminaron con la mudanza, la joven
le tendió la mano y se presentó:
-Me llamo Laura.
Helena le devolvió el gesto. Su nueva vecina la invitó a
pasar a su casa. Esperaba el caos propio de una casa en plena mudanza pero no
fue así. Dejando a un lado las cajas que acababan de traer, todo estaba
colocado en su sitio con una precisión casi matemática. Ángulos rectos
perfectos entre los sofás, el equilibrio milimétrico entre todos los objetos…
Estaba tan calculado que a Helena se le pusieron los pelos de punta. Parecía
una foto de una revista, algo antinatural. Laura se rio de su expresión y le
dio la razón. Por lo menos, no la había ofendido.
Helena dio un par de vueltas por el salón y estuvo a
punto de tropezar con algo. Era la funda negra de una guitarra. La chica la
apartó para evitar volver a golpearla. Laura la llevó a su cuarto y Helena la
siguió. El desorden allí había sido llevado al extremo. La ropa estaba encima
de la silla, a excepción de una chaqueta y un par de zapatos que ocupaban el armario
abierto de par en par, el escritorio estaba lleno de libros y el suelo, de
papeles. Era mucho más agradable que el resto de la casa.
Su vecina trataba de guardar la guitarra en su funda.
Helena no entendía mucho del tema, pero le pareció un instrumento precioso. La
madera de un marrón rojizo oscuro brillaba con la escasa luz del sol que entraba
por la ventana y las cuerdas vibraban con el roce de los dedos de la joven.
Esta se fijó en la mirada de la chica, cogió unas partituras del suelo y empezó
a tocar. Era una melodía suave y alegre. Helena consiguió sonreír de verdad,
con ganas, por primera vez en mucho tiempo.
Unas semanas después, Helena llama a la puerta de su
vecina. Laura le abre con una
sonrisa.
-Tengo algo para ti.- le dice emocionada, antes si quiera
de saludarla.
Le había mandado un mensaje esta mañana diciendo eso
mismo. Los padres de su amiga la saludan desde su universo perfecto de revista.
Laura le cierra la puerta de su dormitorio en las
narices. Helena, extrañada, llama fuertemente con los nudillos.
-Aún no puedes entrar.
-He visto tu cuarto desordenado mil veces, déjame pasar.
-¡Nanay!
Helena se queda en el pasillo, apoyada en la pared,
esperando a que Laura le abra la puerta, cosa que ocurre unos minutos después.
-¿Qué tienes detrás de la espalda?
-Nada.- contesta Laura. En cualquier momento podría
empezar a dar saltos de la emoción
contenida. Helena enarca una ceja ante la respuesta, pues el paquete que trata
de ocultar sobresale un par de palmos por encima de su cabeza. Se lo tiende con
una sonrisa enorme.
-Es la guitarra con la que empecé. Pensé que podría
enseñarte en serio y para eso necesitas una guitarra. No se te da mal…
La chica no sabe qué responder, cómo reaccionar. Sólo
sabe que por fin puede hacer algo que de verdad le gusta y, con un poco de
suerte, no tendrá que tocar esos libros de texto que tanto la aburren.