viernes, 12 de abril de 2013

Nadar hacia la superficie.


Helena cerró la puerta con un golpe más fuerte de lo que pretendía. Se apoyó en ella para respirar profundamente un par de minutos antes de dirigirse a la cocina. Su padre estaba allí con una camiseta de propaganda que estaba llena de manchas, fruto del tiempo entre los fuegos de la cocina. Le puso el plato de comida en la encimera.
-Hoy vienes tarde. Me voy ya o no llegaré a trabajar.- le soltó el hombre de un tirón, casi sin respirar.
-Hola, papá.- respondió ella cuando pasó por su lado a toda prisa. Lo oyó trastear en su dormitorio, despedirse y marcharse corriendo sin llegar a escucharle realmente.
Se sentó frente al plato. El olor a comida inundaba toda la habitación y la boca se le hacía agua, pero tenía el estómago cerrado hasta tal punto que le dolía como si le diesen puñetazos. Se obligó a masticar y a tragar, aunque cayera en su interior como una piedra.
Pensó en todo lo que tenía que hacer esa tarde. Tenía muchos días de estudio atrasados y seguramente aquella tarde pasaría a engrosar la lista. Se sentía incapaz de sentarse frente a un libro la tarde entera y aprender a recitarlo como un lorito amaestrado. Eso no era lo suyo. No era que no le gustara estudiar, que tampoco le entusiasmaba, sino que no le gustaba lo que sus padres le obligaban a estudiar para que no tirara su vida a la basura, como decían ellos. Las clases eran una auténtica tortura cada día más dura y difícil de soportar. Por eso mismo, no podía estudiar y eso se reflejaba en sus desastrosas notas. ¿Qué podía esperar si no era capaz de aprenderse una página de sus libros de texto? Suspensos y más suspensos. Se sentía abrumada e inútil. Por más que se esforzara, nada salía bien. Sólo una vez se había sentido así.
Era pequeña y tenía por costumbre ignorar las órdenes de sus padres, así que hizo oídos sordos cuando, en la playa, le prohibieron adentrarse sola en el mar. Helena pensó que no pasaría nada porque lo hiciera una vez. Además, nadaba muy bien. En un descuido, echó a correr hacia el agua y nado lejos de la orilla. Intentó volver cuando dejó de notar la arena bajo sus pies. No vio la enrome ola que se formaba a sus espaldas y que la engulló en pocos segundos. Se golpeó contra el fondo. Asustada, intentó gritar, pero no hizo más que soltar algunas burbujas y tragar agua salada, que le arañó la garganta. Agitó los brazos y las piernas tan fuerte y rápidamente como pudo. Por encima de ella, a unos pocos palmos, brillaba la luz del sol. Luchó contra la fuerza del mar, pero sólo conseguía agotarse. Alguien tiró de ella hacia la superficie una vez sus extremidades se negaron a ayudarla. Lo siguiente que recordaba era estar sobre la arena envuelta en mil toallas escupiendo el agua que había tragado.
Ahora se sentía como cuando vio el sol bajo el agua. Sabía lo que tenía que hacer, pero por más que lo intentara y se esforzara, fracasaba. La corriente la empujaba hacia el fondo y Helena sentía que la presión era más de la que podía soportar.
Unos golpes en el rellano la sacaron de su ensimismamiento. Alguien estaba montando un buen estrépito allí fuera. Helena se puso de puntillas y acercó su ojo a la mirilla. Sólo vio unas cuantas cajas, una de ellas en el suelo, junto a su contenido. Abrió la puerta y casi se chocó con una chica que subía corriendo las escaleras con otra caja en brazos. Ambas se disculparon. La chica recogió lo que se había caído y cargó con otra caja más. Era demasiado pequeña para el peso que trataba de subir al piso de arriba.
-¿Necesitas ayuda?- preguntó Helena.
La chica sonrió y asintió. Entre las dos subieron las pertenencias de su nueva vecina, por lo que pudo deducir Helena. Sólo entonces detestó su edificio sin ascensor. Una vez terminaron con la mudanza, la joven le tendió la mano y se presentó:
-Me llamo Laura.
Helena le devolvió el gesto. Su nueva vecina la invitó a pasar a su casa. Esperaba el caos propio de una casa en plena mudanza pero no fue así. Dejando a un lado las cajas que acababan de traer, todo estaba colocado en su sitio con una precisión casi matemática. Ángulos rectos perfectos entre los sofás, el equilibrio milimétrico entre todos los objetos… Estaba tan calculado que a Helena se le pusieron los pelos de punta. Parecía una foto de una revista, algo antinatural. Laura se rio de su expresión y le dio la razón. Por lo menos, no la había ofendido.
Helena dio un par de vueltas por el salón y estuvo a punto de tropezar con algo. Era la funda negra de una guitarra. La chica la apartó para evitar volver a golpearla. Laura la llevó a su cuarto y Helena la siguió. El desorden allí había sido llevado al extremo. La ropa estaba encima de la silla, a excepción de una chaqueta y un par de zapatos que ocupaban el armario abierto de par en par, el escritorio estaba lleno de libros y el suelo, de papeles. Era mucho más agradable que el resto de la casa.
Su vecina trataba de guardar la guitarra en su funda. Helena no entendía mucho del tema, pero le pareció un instrumento precioso. La madera de un marrón rojizo oscuro brillaba con la escasa luz del sol que entraba por la ventana y las cuerdas vibraban con el roce de los dedos de la joven. Esta se fijó en la mirada de la chica, cogió unas partituras del suelo y empezó a tocar. Era una melodía suave y alegre. Helena consiguió sonreír de verdad, con ganas, por primera vez en mucho tiempo.

Unas semanas después, Helena llama a la puerta de su vecina. Laura le abre con una sonrisa.
-Tengo algo para ti.- le dice emocionada, antes si quiera de saludarla.
Le había mandado un mensaje esta mañana diciendo eso mismo. Los padres de su amiga la saludan desde su universo perfecto de revista.
Laura le cierra la puerta de su dormitorio en las narices. Helena, extrañada, llama fuertemente con los nudillos.
-Aún no puedes entrar.
-He visto tu cuarto desordenado mil veces, déjame pasar.
-¡Nanay!
Helena se queda en el pasillo, apoyada en la pared, esperando a que Laura le abra la puerta, cosa que ocurre unos minutos después.
-¿Qué tienes detrás de la espalda?
-Nada.- contesta Laura. En cualquier momento podría empezar a dar  saltos de la emoción contenida. Helena enarca una ceja ante la respuesta, pues el paquete que trata de ocultar sobresale un par de palmos por encima de su cabeza. Se lo tiende con una sonrisa enorme.
-Es la guitarra con la que empecé. Pensé que podría enseñarte en serio y para eso necesitas una guitarra. No se te da mal…
La chica no sabe qué responder, cómo reaccionar. Sólo sabe que por fin puede hacer algo que de verdad le gusta y, con un poco de suerte, no tendrá que tocar esos libros de texto que tanto la aburren. 

A partir de entonces.


La mochila era demasiado grande para Irene o, mejor dicho, Irene era demasiado pequeña para el mundo. Trotaba detrás de su hermano mayor, quien la sujetaba de la manita y tiraba de ella para no perder el ritmo de su grupo de amigos. Todos le tenían aprecio a la niña, era como su mascota. Cuando iban a su casa, le dejaban jugar a los videojuegos con ellos y ella decía que “le hacían sentirse mayor”. De vez en cuando le traían caramelos o le regalaban juguetes de cuando eran pequeños.
Se despidieron del grupo de jóvenes en el portal de su casa, donde se encontraron con unas vecinas suyas. Irene tuvo que contener la risa. Su hermano Héctor siempre decía que sus vecinas eran “un montón de gallinas cluecas” y siempre que las veía se las imaginaba con plumas y pico, o cocinando alpiste en la cocina o empollando huevos en el sofá mientras hacían sus labores con las gafas en la punta del pico.

Cuando llegaron al piso, los recibió el silencio. Dejaron las mochilas y la niña echó a correr por toda la casa, mirando debajo de las camas y de las mesas. Volvió al salón sin aquello que buscaba. ¿Y si se había vuelto a escapar? La idea le anegó los ojos de lágrimas. Un maullido en lo alto de una estantería atrajo su atención.
-¡Michelines!- gritó.
Los ojos de la gata la miraban desde lo alto. El nombre había sido una broma cruel de su hermano y ahora ya no respondía a otro. La gata era incapaz de esconderse debido a su tamaño. Habían sido múltiples los intentos de ponerla a dieta después de adoptarla, pero Irene sentía lástima por el animal y le daba de comer a escondidas. Cuando la pequeña se aburría, torturaba a su hermano acercándole la gata y viendo cómo estornudaba y se rascaba como un perro pulgoso. Él las echaba de su cuarto y se encerraba, aunque sin enfadarse con Irene, pues era incapaz de hacerlo.
-¡Michelines, ven aquí ahora mismo!
Irene trataba de hacerla bajar.
-No lo vas a conseguir así.- le dijo su hermano desde el sofá.
-Por favor, Michelines, baja.
Y la gata bajó con esa elegancia propia de un gato casi esférico. Irene le sacó la lengua a su hermano.

La buena relación entre Irene y Héctor era atípica y no se debía a que fueran buenos hermanos. El verdadero motivo eran sus padres.
Éstos a penas pasaban tiempo en casa. La familia sólo coincidía a la hora de la cena, donde sólo se oían los tenedores en los platos. A Irene no le gustaban esos silencios incómodos, pero sabía que cualquier intento de conversación acabaría en una discusión. Ambos progenitores tenían un carácter muy fuerte y siempre chocaban el uno con el otro. Al terminar de cenar, los niños eran mandados a la cama. Aquella noche, como tantas otras, los gritos inundaron la casa. Irene trató de no escucharlos metiendo la cabeza bajo la almohada y tapándose con las sábanas, de tal manera que lo único que se veía de ella era un bulto sobre el colchón. La niña no pudo evitar preguntarse si sus padres se querían.  Dejó caer unas lágrimas silenciosas mientras los gritos iban a más. Quizás mañana su padre despertara con un arañazo en la cara o su madre se fuera a trabajar con ojeras y los ojos rojos.
Irene tenía miedo. La discusión se acaloraba a cada segundo. Michelines subió a su cama, se tumbó a su lado y lamió las lágrimas que pendían de su barbilla. La niña acarició el negro pelaje de su mascota y se tranquilizó al sentir su cálido cuerpo pegado al suyo. Tras un rato sin moverse, se levantó y salió descalza de su cuarto. Michelines la adelantó y rascó la puerta del cuarto de su hermano hasta que la abrió. Héctor acostó a la pequeña en su cama y se sentó a los pies del colchón. La gata se plantó frente a la puerta y bufaba si oía pasos acercarse al dormitorio. Héctor estaba tenso. No parecía un chico de trece años, sino mucho más mayor. Irene estaba nerviosa y temblaba bajo las sábanas.
-No tengas miedo- le dijo su hermano-. Mira cómo te protege Michelines.
Irene sonrió y se durmió más tranquila.

Un ruido la despertó temprano. Abrió un ojo y vislumbró a Héctor intentando meter a Michelines en su maletín de viaje.
-Vístete deprisa y no hagas ruido.- le ordenó.
Irene obedeció mientras Héctor cogía sus cosas y se echaba a la espalda una bolsa de deporte en la que cabía Irene sin problemas. La niña se puso su chaqueta y siguió a Héctor. Su madre dormía en el sofá del salón. Salieron despacio de la casa y, una vez fuera, el mayor empujó a Irene para que se diera prisa. Caminaron mucho rato. Irene tenía frío pero no dijo nada por respeto a las ojeras de su hermano.
Conocía el camino por el que Héctor la llevaba.
-Héctor… Si despiertas a Hugo a estas horas se enfadará.
Él no respondió. Llegaron al portal, que siempre estaba abierto. Arriba, en la puerta del piso, la madre de Hugo les hizo pasar con cara de preocupación. Hugo, el mejor amigo de Héctor llevó a la niña al salón y encendió la consola. Aun así, a pesar del ruido del juego, pudo oír la conversación que llevaban en la cocina.
- … fue muy fuerte. Mi madre quería entrar en nuestro cuarto y gritaba barbaridades sobre nosotros. Decía que éramos los culpables de todo.
-No te preocupes. Todo va a ir bien- Un silencio-. ¿Irene no se enteró de nada?
-Duerme como una marmota. Además atranqué la puerta.
Unos minutos después, Héctor se sentó entre Hugo e Irene. El chico escondió la cara en las manos y suspiró. Estaba haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. Hugo le puso una mano en el hombro.

Durante ese día, mucha gente quiso hablar con Irene: su familia, unos agentes de la policía, sus padres… Pero ella se negó a hablar. No dijo nada hasta que sus abuelos insistieron en llevar a los chicos a su casa. La niña había estado acurrucada al lado de Héctor desde que oyera a sus padres en el rellano. Levantó la cabeza. Habían sacado a Michelines de su maletín y se lanzó sobre ella para confortarla. Irene aceptó, esperando que de verdad todo fuera bien a partir de entonces.