viernes, 19 de julio de 2013

Pétalos de amapola.

Me acomodé en el asiento del tren, desviando la mirada del nevado paisaje por primera vez desde que subí. La raída chaqueta no me protegía del frío que se colaba en el compartimento. No me había molestado en echar un vistazo a los demás viajeros. Éramos tres y ninguno tenía interés en los otros.

Frente a mí, se sentaba un hombre de cabellos grises repeinados hacía atrás. Parecía alto, tanto, que dudaba que pudiese pasar por una puerta sin agacharse. El rostro alargado se mantenía imperturbable, sus pequeños ojos oscuros clavados en el maletín sobre sus rodillas. Me llamó la atención su nariz, larga y afilada, sorprendentemente parecida al pico de un ave. Fruncía los labios hasta hacerlos casi desaparecer.

A mi izquierda, un joven leía un grueso libro en un idioma desconocido para mí. Era un muchacho apuesto, de estatura media y constitución delgada. A pesar de su pulcro aspecto, su inmaculada camisa blanca y su cabello rubio rojizo perfectamente peinado, era obvio que debía exprimir cada moneda que llegaba a sus manos. O al menos eso gritaba su deshecha maleta. Parecía tranquilo, pero no podía estarse quieto. Una y otra vez se llevaba la mano a la frente y la deslizaba hasta su nuca, donde se intuía una cantidad considerable de pecas, que con toda seguridad recorrerían todo su cuerpo. Fui incapaz de seguir la lectura de aquellos rápidos ojos azules. Sus gruesos labios no habían emitido un sonido desde que entró.

La luna se elevaba en el cielo cuando alguien interrumpió nuestro silencio. Habíamos hecho una parada en una pequeña estación, a mi parecer, vacía. La puerta se abrió y la mujer que entró nos dejó sin respiración.

Antes de seguir, hay algo que debe aclararse: Todas las personas, sin excepción, son bellas, pero no de la misma forma.

Están las personas guapas, cuyo rostro nos atrae por una razón obvia. Es una belleza efímera que se evaporará con el tiempo.

Otro tipo de belleza es aquella de las personas atractivas. No puedes apartar la mirada de ellos y no sabes por qué. Te atrapan. Tienen un efecto parecido al de una estrella que se apaga: su luz sigue brillando después de que haya desaparecido. Es una belleza que sobrevive al tiempo, que cala en tu interior.

La mujer que pasó a acompañarnos era de este tipo de personas, pero no era una estrella apagada, sino una suicida. Su evidente tristeza pretendía acabar con su brillo.

Era alta y delgada, de hombros estrechos cubiertos por un abrigo claro de cuello de suave pelo. Su cabello estaba recogido en un moño con un adorno dorado y era de un rojo tan intenso y vivo como no creo volver a ver. Su redondo y pálido rostro era el espejo de su pena. Sus ojos eran del color de las primeras hojas de la primavera y sus labios, pétalos de amapola, nos sonreían.

Pasó con su elegante porte y murmuró un débil "buenas noches". El hombre de cabellos grises le cedió su asiento al lado de la ventana; en su rostro se mezclaban el asombro por la belleza de tan delicada criatura con el desagrado por mí y el joven pelirrojo. Éste, logró disimular su admiración. Quien durante horas me pareció vulgar, se me antojó inocente.

Dirigí mi vista a la bella mujer sin asomo de discreción. Ella admiraba el paisaje con ojos ausentes. Me pareció que tras aquella hermosura, había una dura historia con los más crueles personajes. Me imaginé durante un segundo que la bella viajera era tal como recompensa por el dolor sufrido.

Notaba la respiración irregular del joven a mi lado y como había dejado de pasar páginas y decidí intervenir. Entablé una inocente conversación y poco a poco me retiré a las sombras. Hablaron durante horas y resultaron ser los seres más diferentes sobre la faz de la Tierra, cosa que les encantó.

A eso de la medianoche, ella se despidió y agradeció nuestra charla. El joven se ofreció a ayudarla con el equipaje. Me avergüenza decir que les observé desde la ventana. Intercambiaron palabras de despedida, pero ninguno se movió. Él apretaba los puños y la miraba de reojo. Consciente de que no se decidía, la mujer se inclinó hacia delante y depositó un beso en sus labios, apenas un sutil roce.

El tren se puso en movimiento. Cogí la maleta del joven y la lancé por una fe las puertas. Segundos después, se cerró. Milagrosamente, la maleta llegó intacta a su dueño, quien se despidió con un gesto de la mano. Es curioso ver como las cosas más aparentemente maltrechas son las más duraderas.

2 comentarios:

  1. APLAUSOS
    Me encanto la parte de las diferentes bellezas
    Un besooo;)

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