Se
sabía dormida, aunque sus sentidos y una voz en su cabeza le decían que nunca
había estado tan despierta. Un sueño demasiado vívido, quizá. A su alrededor
reinaba la oscuridad, tan apenas podían distinguirse algunas siluetas inmóviles
colocadas sin orden ni concierto en una sala que parecía gigantesca. El frío se
colaba por el quicio de alguna ventana o una puerta y se le erizaba el vello de
la nuca. Hasta sus oídos llegaba un murmullo que le recordaba a las olas de mar
que iban a morir a la orilla. Intentó entrar en calor frotándose los brazos con
brío y cayó en la cuenta de que ninguna tela cubría su piel. Temblaba, no sabía
si porque el frío se intensificaba por momentos o por el miedo de que alguien
la viera en esas condiciones.
Otra
cosa que sabía es que estaba encerrada. No en la sala, si es que ésta acababa
en algún lugar, sino en un pequeño espacio, por lo que intentaba mantenerse
acurrucada en una postura cómoda. Abrazándose a las piernas, la frente apoyada
sobre las rodillas, los ojos cerrados y vaho escapando de sus labios.
El tiempo
pasaba, su corazón se aceleraba, la oscuridad se evaporaba. El susurro de las
olas traía desde hacía unos minutos el olor salado del océano. Levantó la
cabeza para encontrarse con la luz del amanecer entrando por enormes ventanales
y la habitación completamente inundada. Era una curiosa postal. El agua
permanecía tranquila, teñida levemente por el color del cielo y del sol de
primera hora. Surgían de ella como rocas en un acantilado altos pedestales que
mostraban pequeños objetos. Al igual que ella, estaban encerrados en cubos de
cristal. Serpenteando, caminos de baldosas guiaban a un invisible público entre
las obras expuestas en aquel museo tan extraño.
Al
mirar por la ventana, la suave luz del sol la deslumbró. Parpadeó un par de
veces sin ser capaz de enfocar la vista y, cuando la volvió a fijar en el
interior, su público ya no era invisible. La luz entraba a raudales e iluminaba
a las cientos de personas que la observaban fijamente, posando la mirada sin
pudor sobre su piel. El agua transcurría enfurecida por alguna corriente de
desconocida procedencia y empapaba a los que caminaban entre los pedestales. Ya
podía ver los más cercanos y aquello que guardaban. Libros. ¡Sus libros!
Dibujos y garabatos. ¡Los suyos! Un corazón palpitante. ¡Su corazón! Sin
embargo, lo sentía latir en su pecho, desbocado por el miedo, la vergüenza, la
angustia, la ansiedad, el nerviosismo. Se levantó e intentó escapar por el
techo inexistente del cubo. Sus manos alcanzaban el borde, pero sus dedos se
negaban a aferrarse a él y su cuerpo no quería esforzarse para escapar de las
miradas. No podía despegar los pies del suelo transparente. Sangraba su mano,
pero no había nada con lo que cortarse. Lágrimas de frustración y vergüenza, de
orgullo resquebrajado, cayeron por sus mejillas. Y de repente, desapareció el
suelo y se sumió en la más completa oscuridad.
Hubiera
gritado al despertarse, pero el aire se había congelado en sus pulmones. Las
cortinas no evitaban la ascensión del astro que despertaba ya. Ella se acurrucó
bajo las mantas, respirando entrecortadamente, negándose a exponerse de nuevo a
la luz.