viernes, 16 de mayo de 2014

Sueño.

Se sabía dormida, aunque sus sentidos y una voz en su cabeza le decían que nunca había estado tan despierta. Un sueño demasiado vívido, quizá. A su alrededor reinaba la oscuridad, tan apenas podían distinguirse algunas siluetas inmóviles colocadas sin orden ni concierto en una sala que parecía gigantesca. El frío se colaba por el quicio de alguna ventana o una puerta y se le erizaba el vello de la nuca. Hasta sus oídos llegaba un murmullo que le recordaba a las olas de mar que iban a morir a la orilla. Intentó entrar en calor frotándose los brazos con brío y cayó en la cuenta de que ninguna tela cubría su piel. Temblaba, no sabía si porque el frío se intensificaba por momentos o por el miedo de que alguien la viera en esas condiciones.

Otra cosa que sabía es que estaba encerrada. No en la sala, si es que ésta acababa en algún lugar, sino en un pequeño espacio, por lo que intentaba mantenerse acurrucada en una postura cómoda. Abrazándose a las piernas, la frente apoyada sobre las rodillas, los ojos cerrados y vaho escapando de sus labios.

 El tiempo pasaba, su corazón se aceleraba, la oscuridad se evaporaba. El susurro de las olas traía desde hacía unos minutos el olor salado del océano. Levantó la cabeza para encontrarse con la luz del amanecer entrando por enormes ventanales y la habitación completamente inundada. Era una curiosa postal. El agua permanecía tranquila, teñida levemente por el color del cielo y del sol de primera hora. Surgían de ella como rocas en un acantilado altos pedestales que mostraban pequeños objetos. Al igual que ella, estaban encerrados en cubos de cristal. Serpenteando, caminos de baldosas guiaban a un invisible público entre las obras expuestas en aquel museo tan extraño.

Al mirar por la ventana, la suave luz del sol la deslumbró. Parpadeó un par de veces sin ser capaz de enfocar la vista y, cuando la volvió a fijar en el interior, su público ya no era invisible. La luz entraba a raudales e iluminaba a las cientos de personas que la observaban fijamente, posando la mirada sin pudor sobre su piel. El agua transcurría enfurecida por alguna corriente de desconocida procedencia y empapaba a los que caminaban entre los pedestales. Ya podía ver los más cercanos y aquello que guardaban. Libros. ¡Sus libros! Dibujos y garabatos. ¡Los suyos! Un corazón palpitante. ¡Su corazón! Sin embargo, lo sentía latir en su pecho, desbocado por el miedo, la vergüenza, la angustia, la ansiedad, el nerviosismo. Se levantó e intentó escapar por el techo inexistente del cubo. Sus manos alcanzaban el borde, pero sus dedos se negaban a aferrarse a él y su cuerpo no quería esforzarse para escapar de las miradas. No podía despegar los pies del suelo transparente. Sangraba su mano, pero no había nada con lo que cortarse. Lágrimas de frustración y vergüenza, de orgullo resquebrajado, cayeron por sus mejillas. Y de repente, desapareció el suelo y se sumió en la más completa oscuridad.


Hubiera gritado al despertarse, pero el aire se había congelado en sus pulmones. Las cortinas no evitaban la ascensión del astro que despertaba ya. Ella se acurrucó bajo las mantas, respirando entrecortadamente, negándose a exponerse de nuevo a la luz.

jueves, 20 de marzo de 2014

Nadie.

Todos alguna vez nos hemos sentido invisibles e ignorados. Todos alguna vez hemos sentido que estábamos fuera de lugar, que quizá lo mejor sería refugiarse en un lugar lejos de las personas que nos rodean. Pero por lo general, esos arranques angustiosos de "nadie quiere verme" terminan pasando y quedando atrás. Por lo general.
Hay sin embargo unas cuantas personas cuyo día a día es así. Se sienten desdichados. Aún rodeados de gente, saben que están solos. Son una corriente de aire frío que se escurre entre dos personas. Son pequeños puntos en el mundo sobre los cuales nadie posará sus ojos. Son ese pequeño insecto que zumba en el oído en una tarde de verano y que se espantan de un manotazo sin que el dueño de aquella mano sea consciente de que lo ha hecho. Más que invisibles, más que ignorados, más que solos. Nada sienten, porque no tienen a nadie y sentir sin alguien al lado acaba perdiendo el sentido.
Nadie se preocupa. A nadie le importa. Nadie les ve. Eso es lo que son. NADIE.

viernes, 30 de agosto de 2013

La estrella suicida.

Hacía tanto tiempo que estaba alli que no recordaba cómo había llegado. Observaba el mundo desde su atalaya con la única compañía de una estrella muerta tiempo atrás, lejos de cualquier persona. Su interior se había helado, su corazón era un témpano de hielo ardiente. Desde su observatorio, veía como el mundo se enamoraba, se rompían parejas y comenzaban amistades.

De su pasado, de lo que la condujo a esa situación, sólo recordaba el dolor. Dolor al ver y permitir que destrozaran su corazón, dolor ante la indiferencia de aquellos a los que quería. Castigó la soledad con la soledad absoluta y se prohibió sentir.

Eso sí era sufrimiento. Echaba de menos el calor de un abrazo y unas palabras amables, aunque en su vida siempre habían tenido otra cara, eran un arma de doble filo que no permitía que las herudas sanasen.

Echaba de menos ser capaz de querer a alguien, que la presencia de una persona, su sonrisa, su respiración, su caricia, su simple pestañeo iluminara un día entero. Pero eso había quedado atrás. Lo único que tenía de ello era un hiriente recuerdo y el siempre presente hastío a su persona.

A pesar de todo, quería volver a aquel mundo de emociones y desencuentros. Tenía que haber alguien dispuesto a ser su apoyo y permitir que ella fuera lo mismo. Qué importaba si era hombre o mujer, amigo o pareja. Sólo quería saber si alguna vez oiría un "no te preocupes, estoy aquí" que la reconfortase y que fuera de verdad.

Estaba cansada de muchas cosas, la más importante, romper espejos. Habría alguien que la quisiera tal y como era.

Su corazón ya empezaba a seguir los pasos de la estrella suicida.

viernes, 19 de julio de 2013

Pétalos de amapola.

Me acomodé en el asiento del tren, desviando la mirada del nevado paisaje por primera vez desde que subí. La raída chaqueta no me protegía del frío que se colaba en el compartimento. No me había molestado en echar un vistazo a los demás viajeros. Éramos tres y ninguno tenía interés en los otros.

Frente a mí, se sentaba un hombre de cabellos grises repeinados hacía atrás. Parecía alto, tanto, que dudaba que pudiese pasar por una puerta sin agacharse. El rostro alargado se mantenía imperturbable, sus pequeños ojos oscuros clavados en el maletín sobre sus rodillas. Me llamó la atención su nariz, larga y afilada, sorprendentemente parecida al pico de un ave. Fruncía los labios hasta hacerlos casi desaparecer.

A mi izquierda, un joven leía un grueso libro en un idioma desconocido para mí. Era un muchacho apuesto, de estatura media y constitución delgada. A pesar de su pulcro aspecto, su inmaculada camisa blanca y su cabello rubio rojizo perfectamente peinado, era obvio que debía exprimir cada moneda que llegaba a sus manos. O al menos eso gritaba su deshecha maleta. Parecía tranquilo, pero no podía estarse quieto. Una y otra vez se llevaba la mano a la frente y la deslizaba hasta su nuca, donde se intuía una cantidad considerable de pecas, que con toda seguridad recorrerían todo su cuerpo. Fui incapaz de seguir la lectura de aquellos rápidos ojos azules. Sus gruesos labios no habían emitido un sonido desde que entró.

La luna se elevaba en el cielo cuando alguien interrumpió nuestro silencio. Habíamos hecho una parada en una pequeña estación, a mi parecer, vacía. La puerta se abrió y la mujer que entró nos dejó sin respiración.

Antes de seguir, hay algo que debe aclararse: Todas las personas, sin excepción, son bellas, pero no de la misma forma.

Están las personas guapas, cuyo rostro nos atrae por una razón obvia. Es una belleza efímera que se evaporará con el tiempo.

Otro tipo de belleza es aquella de las personas atractivas. No puedes apartar la mirada de ellos y no sabes por qué. Te atrapan. Tienen un efecto parecido al de una estrella que se apaga: su luz sigue brillando después de que haya desaparecido. Es una belleza que sobrevive al tiempo, que cala en tu interior.

La mujer que pasó a acompañarnos era de este tipo de personas, pero no era una estrella apagada, sino una suicida. Su evidente tristeza pretendía acabar con su brillo.

Era alta y delgada, de hombros estrechos cubiertos por un abrigo claro de cuello de suave pelo. Su cabello estaba recogido en un moño con un adorno dorado y era de un rojo tan intenso y vivo como no creo volver a ver. Su redondo y pálido rostro era el espejo de su pena. Sus ojos eran del color de las primeras hojas de la primavera y sus labios, pétalos de amapola, nos sonreían.

Pasó con su elegante porte y murmuró un débil "buenas noches". El hombre de cabellos grises le cedió su asiento al lado de la ventana; en su rostro se mezclaban el asombro por la belleza de tan delicada criatura con el desagrado por mí y el joven pelirrojo. Éste, logró disimular su admiración. Quien durante horas me pareció vulgar, se me antojó inocente.

Dirigí mi vista a la bella mujer sin asomo de discreción. Ella admiraba el paisaje con ojos ausentes. Me pareció que tras aquella hermosura, había una dura historia con los más crueles personajes. Me imaginé durante un segundo que la bella viajera era tal como recompensa por el dolor sufrido.

Notaba la respiración irregular del joven a mi lado y como había dejado de pasar páginas y decidí intervenir. Entablé una inocente conversación y poco a poco me retiré a las sombras. Hablaron durante horas y resultaron ser los seres más diferentes sobre la faz de la Tierra, cosa que les encantó.

A eso de la medianoche, ella se despidió y agradeció nuestra charla. El joven se ofreció a ayudarla con el equipaje. Me avergüenza decir que les observé desde la ventana. Intercambiaron palabras de despedida, pero ninguno se movió. Él apretaba los puños y la miraba de reojo. Consciente de que no se decidía, la mujer se inclinó hacia delante y depositó un beso en sus labios, apenas un sutil roce.

El tren se puso en movimiento. Cogí la maleta del joven y la lancé por una fe las puertas. Segundos después, se cerró. Milagrosamente, la maleta llegó intacta a su dueño, quien se despidió con un gesto de la mano. Es curioso ver como las cosas más aparentemente maltrechas son las más duraderas.

martes, 11 de junio de 2013

El guardián de las almas en pena.

Se desliza por los tejados de la ciudad silenciosamente. La luna brilla tenue en un cielo con estrellas que dejaron de vivir. Ese pálido resplandor marca el camino que siguen sus patas. Se sienta a la sombra inexistente de una chimenea. Su pelaje oscuro se camufla en la oscuridad, se funden en uno. El gato es su centinela. Sus ojos, su oído, su olfato, son suyos.
Cuida de las almas en pena que pululan por la fría ciudad. No son malos, pero no pueden vagar sin vigilancia. Aquel lugar les había creado, les había obligado a adentrarse en un camino sin retorno. La crueldad los había hecho crueles. La marginación los ha marginado. Nadie quiere saber nada de ellos; viven encadenados al sufrimiento.
Cada noche salen en busca de algo que cure su dolor y cada amanecer vuelven con un montón de sueños rotos. Cuando despiertan, hay menos esperanza. Cuando despiertan, son más dolor.
El gato se encarga de evitar que esto ocurra. Los encierra en sus casas y durante toda la noche se oyen los gritos de la almohada, cómplice de tantos sueños y aventuras, siendo desgarradas. A la mañana siguiente, ya no hay dolor. No hay esperanza.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Le llamaban "pobre diablo".

Destrozó el lienzo nada más acabar de pintarlo. Se llevó las manos a la cabeza, tratando de serenarse y respiró hondo unas cuantas veces. Nadie le había afectado tanto. Sacudió la cabeza y un par de gotas de pintura se precipitaron al suelo desde sus cabellos castaños. Miró a su alrededor, a la habitación que comenzaba a oscurecerse. Su rostro le miraba desde todas partes. En lienzos y láminas, sus ojos marrones del color del café retenían su mirada. Casi podía sentir todavía su mejilla apoyada en su hombro, su cálido cuerpo pegado al suyo y su sonrisa en medio de los besos.

Ella ya no estaba. Lo había abandonado, dejándolo con la compañía de una botella de alcohol, un paquete de cigarrillos y el tormento de la seguridad de no volver a verla. ¡Lo que daría él por oír su cristalina risa una vez más! No necesitaba nada más que volver a abrazarla. ¿Qué importaba poder respirar si no podía compartir su aire con la persona por la cual latía su corazón?


Encendió un cigarro y echó el humo a pequeñas bocanadas. Era lo único que podía tranquilizarle. Se asomó al aire freso de la mesa, apoyando los codos en el alféizar de la ventana. Una suave brisa se llevó el humo. Mucho tiempo había pasado desde que la vio bajar por aquella calle a escondidas, creyendo que no la veía. Se marchaba con lo puesto, algo de ropa y todo el amor que él no había regalado nunca a nadie más y no lo haría jamás.


Ella era radiante y cálida como la luna en una noche de verano. Su cabello castaño claro caía suave, sedoso, brillante y ligero por su espalda y le tapaba parte de su hermoso rostro. Así la recordaba él, tal y como la vio por primera vez. Había ocultado sus bellas facciones por vergüenza tras aquella cascada dorada y le había mirado con sus dulces ojos. No eran de color café, pero a él sí se lo parecía pues tenían el poder de quitarle el sueño. No era especialmente alta, ni tenía un cuerpo de infarto. No veía lo hermosa que era, no veía lo especial que era.


Nunca se dijeron “te quiero”. Él no lo creía necesario, puesto que era sumamente obvio que toda su vida dependía de su felicidad. Ella tenía miedo de hacerlo. Tampoco le contó lo que había habido antes que él, pero le había hecho mucho daño. Él se limitó a consolarla, a quererla sin importar nada más, a hacerle comprender todo lo que le hacía sentir. Ella sólo sonreía y no contestaba.


¿Le sorprendió verla marchar? No. Siempre había pensado que era demasiado para alguien como él, alguien que hasta entonces había vivido gracias a tener una botella de ron a su lado. Cuando llegó ella, sólo necesitó su sonrisa. Cada vez que la abrazaba pensaba que en cualquier momento se desvanecería como la perfecta aparición que era.


Todos los días se preguntaba qué había hecho mal para que se fuera. Quizá las caricias en su espalda la habían quemado. Quizá las flores la habían pinchado. Él era el culpable, eso lo tenía muy claro. Se lo había recordado a sí mismo durante aquellos tres interminables meses. Poco a poco, había dejado de salir a la calle y, si lo hacía, siempre volvía hecho un desastre. Cuando no era sangre, era alcohol. Los vecinos le tenían miedo y pena. Se referían a él como "el pobre diablo del último piso" o los más crueles "el imbécil enamorado". Todos la habían visto y a todos había deslumbrado, pero no como a él. Donde él veía luz, dulzura y perfección, los otros veían una muchacha del montón que en cualquier momento se llevarían a la cama.


Incapaz de frenar las emociones provocadas por los recuerdos, tiró el cigarro a la calle y cogió la botella. Estaba vacía. Puede que hubiera otra en algún lugar de la desordenada casa. No había rincón en el que no la viera. Su fantasma lo atormentaba incansablemente. Él nunca había sido una persona feliz, no le habían dejado serlo, pero ella había conseguido mitigar cualquier dolor con su ternura. Le había sacado de las tinieblas para hacerle caer más hondo.
Abrió un armario, sacó la última botella, algún licor de color apagado que ni siquiera sabía lo que era. Un trozo de papel cayó a la encimera de la cocina. La letra sinuosa y esbelta le era más que conocida. Cada palabra se le clavó como una bala. La dobló con cuidado y con cuidado salió por la ventana y subió al tejado, trepando el par de metros que le separaban de él. Se sentó allí con su botella y releyó mil veces la nota, intentando tomar una decisión. Parecía ver la escena desde fuera de su cuerpo, como quien mira una película y espera que el protagonista retome la acción. Él era el protagonista. Él debía retomar la acción pero ¿cómo? No supo cuánto tiempo estuvo en el tejado iluminado por la luna en aquella noche de finales de verano, todavía calurosa. Frunció el ceño y se levantó rápidamente. Demasiado. Una teja suelta resbaló y él a nada puso sujetarse. Sabía que caía a gran velocidad, pero todo parecía moverse muy lentamente. Cerró los ojos antes de que sus huesos se destrozaran contra el asfalto. Su último pensamiento fue para ella.
Ella había escrito la nota:


Supongo que debería darte alguna explicación de por qué me marcho, pero no lo sé ni yo. No quiero hacerte daño. No puedo permitir que sigas queriéndome como lo haces, no me lo merezco. Durante el tiempo que hemos estado juntos he llegado a creer que de verdad era una persona que se merecía tu amor y de verdad te he querido y nunca dejaré de hacerlo, lo juro. Hay algo más que sé: No soy la persona que te has imaginado. Tú crees que soy un ángel, yo te digo que soy un ángel caído. Cuando vuelva a verte, que pronto lo haré, seré capaz de quererte como te corresponde. Te colmaré de halagos, de regalos y de besos. En fin, haré todo lo que has hecho por mí. Hasta entonces, lo único que puedo hacer es matarte muy lentamente. No me olvides y espérame porque volveré.
Te quiero.

La brisa se llevó la nota y una delicada mano la atrapó. Unos ojos castaños que producían el mismo efecto que el café la leyeron llenos de lágrimas. Había visto la caída y el golpe le había dolido como si fuera su cuerpo el que estuviera desmadejado en la calle. Cayó de rodillas y su maleta se abrió. ¿¡Por qué no la había esperado como le había dicho que hiciera!? ¿Acaso no había leído la nota? La apretó contra su pecho y lloró amargamente. Intentó calmarse y se acercó al cuerpo inerte, alrededor del cual la gente ya se arremolinaba. El rostro miraba al cielo con una sonrisa en los labios. Le besó en la frente y pensó en dar media vuelta, ir a algún sitio donde calmar su dolor. Tras ella oía algunos comentarios como “Era un borracho”, “Es normal que se haya suicidado, pobre diablo”. Se había suicidado por ella. Una mano se posó en su hombro y unos cuantos gritaron.
-Has vuelto.- susurró él, con la voz rota.
-Así es. Como te prometí.
-Lo siento. No la leí. Iba a ir a buscarte pero…
-Da igual. Te vas a poner bien. Tienes que ponerte bien.
-No, ya no. Ya te he visto y sé qué me has querido. Puedo irme tranquilo.
-¡NO, NO PUEDES DEJARME SOLA!
-He dicho que me voy, no que vaya a dejarte.
Permanecieron en silencio unos segundos. Ella se acercó a su oído y los dos susurraron al unísono:
-Te quiero.

Instantes después, la luz se apagó en los ojos de él. 

jueves, 23 de mayo de 2013

¿Dónde estás?

La buscó hasta que no le quedó aliento. La necesitaba otra vez con él. El mundo había cambiado y tenía miedo. Él había cambiado y estaba asustado. Su reflejo ya no era el mismo. No quedaba inocencia en sus ojos. Su sonrisa no era de verdad. Las raspaduras que antaño habrían significado una caída en el juego, ahora eran las marcas del fracaso. Estaba solo en un mundo de lobos. Las personas disfrutaban hiriendo a los demás; se divertían desgarrando emociones y pisoteando sentimientos. Daría lo que fuera por volver a esos días en los que la pregunta más importante era "¿me dejas jugar?". Así se forjaba la más fuerte de las amistades. ¿Dónde están esos tiempos cuando todo se solucionba compartiendo una bolsa de caramelos? ¿Dónde están esos tiempos en los que lo único que necesitabas eran un amigo e imaginación? Infancia, ¿dónde estás?