miércoles, 29 de mayo de 2013

Le llamaban "pobre diablo".

Destrozó el lienzo nada más acabar de pintarlo. Se llevó las manos a la cabeza, tratando de serenarse y respiró hondo unas cuantas veces. Nadie le había afectado tanto. Sacudió la cabeza y un par de gotas de pintura se precipitaron al suelo desde sus cabellos castaños. Miró a su alrededor, a la habitación que comenzaba a oscurecerse. Su rostro le miraba desde todas partes. En lienzos y láminas, sus ojos marrones del color del café retenían su mirada. Casi podía sentir todavía su mejilla apoyada en su hombro, su cálido cuerpo pegado al suyo y su sonrisa en medio de los besos.

Ella ya no estaba. Lo había abandonado, dejándolo con la compañía de una botella de alcohol, un paquete de cigarrillos y el tormento de la seguridad de no volver a verla. ¡Lo que daría él por oír su cristalina risa una vez más! No necesitaba nada más que volver a abrazarla. ¿Qué importaba poder respirar si no podía compartir su aire con la persona por la cual latía su corazón?


Encendió un cigarro y echó el humo a pequeñas bocanadas. Era lo único que podía tranquilizarle. Se asomó al aire freso de la mesa, apoyando los codos en el alféizar de la ventana. Una suave brisa se llevó el humo. Mucho tiempo había pasado desde que la vio bajar por aquella calle a escondidas, creyendo que no la veía. Se marchaba con lo puesto, algo de ropa y todo el amor que él no había regalado nunca a nadie más y no lo haría jamás.


Ella era radiante y cálida como la luna en una noche de verano. Su cabello castaño claro caía suave, sedoso, brillante y ligero por su espalda y le tapaba parte de su hermoso rostro. Así la recordaba él, tal y como la vio por primera vez. Había ocultado sus bellas facciones por vergüenza tras aquella cascada dorada y le había mirado con sus dulces ojos. No eran de color café, pero a él sí se lo parecía pues tenían el poder de quitarle el sueño. No era especialmente alta, ni tenía un cuerpo de infarto. No veía lo hermosa que era, no veía lo especial que era.


Nunca se dijeron “te quiero”. Él no lo creía necesario, puesto que era sumamente obvio que toda su vida dependía de su felicidad. Ella tenía miedo de hacerlo. Tampoco le contó lo que había habido antes que él, pero le había hecho mucho daño. Él se limitó a consolarla, a quererla sin importar nada más, a hacerle comprender todo lo que le hacía sentir. Ella sólo sonreía y no contestaba.


¿Le sorprendió verla marchar? No. Siempre había pensado que era demasiado para alguien como él, alguien que hasta entonces había vivido gracias a tener una botella de ron a su lado. Cuando llegó ella, sólo necesitó su sonrisa. Cada vez que la abrazaba pensaba que en cualquier momento se desvanecería como la perfecta aparición que era.


Todos los días se preguntaba qué había hecho mal para que se fuera. Quizá las caricias en su espalda la habían quemado. Quizá las flores la habían pinchado. Él era el culpable, eso lo tenía muy claro. Se lo había recordado a sí mismo durante aquellos tres interminables meses. Poco a poco, había dejado de salir a la calle y, si lo hacía, siempre volvía hecho un desastre. Cuando no era sangre, era alcohol. Los vecinos le tenían miedo y pena. Se referían a él como "el pobre diablo del último piso" o los más crueles "el imbécil enamorado". Todos la habían visto y a todos había deslumbrado, pero no como a él. Donde él veía luz, dulzura y perfección, los otros veían una muchacha del montón que en cualquier momento se llevarían a la cama.


Incapaz de frenar las emociones provocadas por los recuerdos, tiró el cigarro a la calle y cogió la botella. Estaba vacía. Puede que hubiera otra en algún lugar de la desordenada casa. No había rincón en el que no la viera. Su fantasma lo atormentaba incansablemente. Él nunca había sido una persona feliz, no le habían dejado serlo, pero ella había conseguido mitigar cualquier dolor con su ternura. Le había sacado de las tinieblas para hacerle caer más hondo.
Abrió un armario, sacó la última botella, algún licor de color apagado que ni siquiera sabía lo que era. Un trozo de papel cayó a la encimera de la cocina. La letra sinuosa y esbelta le era más que conocida. Cada palabra se le clavó como una bala. La dobló con cuidado y con cuidado salió por la ventana y subió al tejado, trepando el par de metros que le separaban de él. Se sentó allí con su botella y releyó mil veces la nota, intentando tomar una decisión. Parecía ver la escena desde fuera de su cuerpo, como quien mira una película y espera que el protagonista retome la acción. Él era el protagonista. Él debía retomar la acción pero ¿cómo? No supo cuánto tiempo estuvo en el tejado iluminado por la luna en aquella noche de finales de verano, todavía calurosa. Frunció el ceño y se levantó rápidamente. Demasiado. Una teja suelta resbaló y él a nada puso sujetarse. Sabía que caía a gran velocidad, pero todo parecía moverse muy lentamente. Cerró los ojos antes de que sus huesos se destrozaran contra el asfalto. Su último pensamiento fue para ella.
Ella había escrito la nota:


Supongo que debería darte alguna explicación de por qué me marcho, pero no lo sé ni yo. No quiero hacerte daño. No puedo permitir que sigas queriéndome como lo haces, no me lo merezco. Durante el tiempo que hemos estado juntos he llegado a creer que de verdad era una persona que se merecía tu amor y de verdad te he querido y nunca dejaré de hacerlo, lo juro. Hay algo más que sé: No soy la persona que te has imaginado. Tú crees que soy un ángel, yo te digo que soy un ángel caído. Cuando vuelva a verte, que pronto lo haré, seré capaz de quererte como te corresponde. Te colmaré de halagos, de regalos y de besos. En fin, haré todo lo que has hecho por mí. Hasta entonces, lo único que puedo hacer es matarte muy lentamente. No me olvides y espérame porque volveré.
Te quiero.

La brisa se llevó la nota y una delicada mano la atrapó. Unos ojos castaños que producían el mismo efecto que el café la leyeron llenos de lágrimas. Había visto la caída y el golpe le había dolido como si fuera su cuerpo el que estuviera desmadejado en la calle. Cayó de rodillas y su maleta se abrió. ¿¡Por qué no la había esperado como le había dicho que hiciera!? ¿Acaso no había leído la nota? La apretó contra su pecho y lloró amargamente. Intentó calmarse y se acercó al cuerpo inerte, alrededor del cual la gente ya se arremolinaba. El rostro miraba al cielo con una sonrisa en los labios. Le besó en la frente y pensó en dar media vuelta, ir a algún sitio donde calmar su dolor. Tras ella oía algunos comentarios como “Era un borracho”, “Es normal que se haya suicidado, pobre diablo”. Se había suicidado por ella. Una mano se posó en su hombro y unos cuantos gritaron.
-Has vuelto.- susurró él, con la voz rota.
-Así es. Como te prometí.
-Lo siento. No la leí. Iba a ir a buscarte pero…
-Da igual. Te vas a poner bien. Tienes que ponerte bien.
-No, ya no. Ya te he visto y sé qué me has querido. Puedo irme tranquilo.
-¡NO, NO PUEDES DEJARME SOLA!
-He dicho que me voy, no que vaya a dejarte.
Permanecieron en silencio unos segundos. Ella se acercó a su oído y los dos susurraron al unísono:
-Te quiero.

Instantes después, la luz se apagó en los ojos de él. 

jueves, 23 de mayo de 2013

¿Dónde estás?

La buscó hasta que no le quedó aliento. La necesitaba otra vez con él. El mundo había cambiado y tenía miedo. Él había cambiado y estaba asustado. Su reflejo ya no era el mismo. No quedaba inocencia en sus ojos. Su sonrisa no era de verdad. Las raspaduras que antaño habrían significado una caída en el juego, ahora eran las marcas del fracaso. Estaba solo en un mundo de lobos. Las personas disfrutaban hiriendo a los demás; se divertían desgarrando emociones y pisoteando sentimientos. Daría lo que fuera por volver a esos días en los que la pregunta más importante era "¿me dejas jugar?". Así se forjaba la más fuerte de las amistades. ¿Dónde están esos tiempos cuando todo se solucionba compartiendo una bolsa de caramelos? ¿Dónde están esos tiempos en los que lo único que necesitabas eran un amigo e imaginación? Infancia, ¿dónde estás?

domingo, 19 de mayo de 2013

El equinoccio.


La ciudad entera quedaba a sus pies que colgaban de la azotea. Allí nadie podía verle, nadie se preguntaba quién era ni por qué tenía los ojos rojos. Aquel era su santuario, el lugar al que nadie más iba y podía estar sola. El viento se agitaba bastante a esa altura de dieciocho pisos y ella esperaba que se llevara los buenos recuerdos para que no dolieran más. Quería que se llevase sus recuerdos, porque sabía que ella ya no podía volar de regreso a su verdadera casa. Había elegido y estaba segura de haberlo hecho bien, pero eso no impedía que el alma se le desgarrase cada vez que se sentía sola en esa gran ciudad de cemento y asfalto, de altos edificios y frías personas. Cerró los ojos y repasó, como tantas veces había hecho en menos de seis meses, lo que le parecía que había ocurrido hacía una vida.

El verano. Por fin había llegado. Por fin volvía el sol y el calor, los largos días. Elisa echaba de menos las tardes en las que se dedicaba a remolonear en la playa. Volvían las fiestas improvisadas  en la arena.
Observó la gran extensión azul que era el mar desde la ventana de su apartamento. Era un sitio pequeño y destartalado ocupado por ella y por algún gato callejero que de vez en cuando se colaba por el balcón. Su madre se había empeñado en decorar el pisito, asegurando de que Elisa era incapaz de cuidarse ella sola y que necesitaba su ayuda. A pesar del diminuto tamaño, se las había apañado para meter en la pequeña habitación  que uno se encontraba al entrar una moderna cocina, un salón y un comedor modernos y a la última moda. Los tonos alegres de los muebles evitaban esos largos períodos de apatía en los que Elisa acostumbraba a perderse. El dormitorio era pequeño y luminoso gracias al balcón que daba a una de las calles principales de la ciudad costera. Apenas cabía la cama, el armario y el escritorio en el cuarto. A Elisa poco le importaba, pues hiciera frío o calor, prefería coger su ordenador y vagabundear por ahí en busca de inspiración.
Quería dedicarse a escribir. No le importaba ser periodista, escritora, guionista… Lo importante era tener siempre un bolígrafo y un papel a mano. Por desgracia, todavía no había escrito nada que no desechase a mitad. Mientras la gloria y la fama que ansiaba llegaban, se ganaba el pan en la librería del barrio. Era un barrio poco importante en esa ciudad y sobre todo, barato. Los turistas no solían ir por allí y las casas tenían más años que los abuelos de los octogenarios que habitaban algunas.
Elisa bajó las escaleras del edificio, saludó a la portera y salió a la calle, donde a pesar de ser las ocho y media de la mañana, el calor ya se empezaba a notar. Anduvo despacio hasta llegar a la librería. Abrió ella, pues los dueños no aparecerían hasta mediodía, si había suerte. Se recogió la melena cobriza y se clavó en la camiseta el cartelito con su nombre. La mañana transcurrió como todas, tranquila, con un par de clientes extraviados que no hicieron ninguna compra. Elisa se había preocupado por la poca clientela al entrar a trabajar, pero dos años después, la tienda seguía abierta y los dueños no parecían tener intención de cerrarla.
La novedad llegó a la hora de comer. La joven acababa de darle la vuelta al cartelito donde se leía “Cerrado” cuando oyó unos golpes en el escaparate. Allí un chico la saludaba con una sonrisa. Elisa salió, extrañada.
-¿Quieres algo?
-Creo que me he perdido. Me acabo de mudar y buscaba esta dirección.
El chico le tendió un papel arrugado.
-No estás muy lejos.
Elisa le indicó por dónde tenía que ir mientras él la miraba con atención. La incomodaba.
-Muchas gracias.- contestó él, con un acento extraño que Elisa no conseguía situar.
-¿De dónde eres?
Él al miró con una sonrisa torcida antes de contestar.
-Argelès. ¿Lo conoces?
-Me suena.- mintió ella.
-Me llamo Yule. Es como los celtas llamaban al equinoccio de invierno.
-Ah. Yo soy Elisa.
-Encantado, Elisa-hizo una exagerada reverencia, que consiguió arrancarle una sonrisa-. Espero algún día poder agradecerte que me ayudaras a encontrar mi nueva casa.
-Me vale con que no te pierdas. Es difícil no encontrarlo, pero visto lo visto…
Yule enarcó una ceja y se despidió. Elisa iba a entrar otra vez a la librería cuando, sin darse cuenta, se giró y le gritó:
-¡Esta noche hay una fiesta en la playa! Para celebrar que empieza el verano. Igual te apetecía pasarte.
El joven la miró con unos impresionantes ojos verdes.
-¡Sólo si tú estarás allí!
Elisa entró rápidamente para que no viera el rubor de sus mejillas.


Un par de horas después, la muchacha volvía a su casa. Seguía pensando en el chico, el tal Yule. Lo había conocido ese mismo día y ya no podía quitárselo de la cabeza.  No dejaba de repetirse: ≪Eso sólo pasa en los libros, idiota≫. En la vida real no te enamorabas del primer chico que tocase en el escaparate de tu tienda. Aunque tuviese esos ojos verdes tan profundos, esa sonrisa traviesa, unas facciones que parecían esculpidas en mármol por el mejor de los artistas… ≪ ¡PARA!≫, se ordenó mentalmente. ≪Eres mayor para estas cosas, Elisa. Piensa con la cabeza≫.
Se convenció de que todo aquello sólo era una chiquillada durante la ducha. Se secaba el pelo cuando un gato trepó a su balcón. No era nada extraño, solía dar de comer a los gatos callejeros que se le acercaran, pero aquel tenía un collar. Y sujeto por el collar, un papel con algo escrito. Elisa lo leyó sorprendida:
“Antes no me has respondido y no iré si sé que no estás”.
Se asomó a la calle. Allí abajo, le sonreía Yule, con el cabello castaño despeinado. La luz de sus ojos le llegaba hasta el segundo piso.
-¿Cómo sabes dónde vivo?
-¿Vendrás?
-Yo te he preguntado primero.
-En realidad, no. Llevo dos horas esperando tu respuesta.
Elisa suspiró. ¿Saldría con un acosador? Podía tener el acento más seductor del mundo, que lo tenía, pero eso no quitaba que en dos horas hubiera averiguando su dirección.
-Sí, iré.
-Te diré entonces cómo sé dónde vives. O puede que no.
Dicho esto, se marchó corriendo.


Elisa cerró la puerta a sus espaldas. Estaba nerviosa. Quería pensar que por el hecho de que Yule se tomara tantas molestias con ella, pero no era la verdad. La verdad era que el corazón le iba a mil por hora y por primera vez en su vida, se había arreglado para matar.
Caminó hacia la playa intentando no parecer desesperada por llegar. ¿A ojos de quién, si no había nadie por la calle? A los suyos. Quería auto convencerse de que Yule no había causado la reacción que le había causado.  Las luces de los farolillos iluminaban el camino. El ruido de la gente le llegaba hasta los oídos, pero ella no lo procesaba. Sólo podía ver aquella figura esbelta que se recortaba contra las hogueras que iluminaban la arena. Llegó hasta Yule, le sonrío y saludó.
-Ahora, explícame cómo has conseguido mi dirección.
Él exhibió una gran sonrisa y le puso un vaso de alguna bebida alcohólica en la mano.
-Sólo si te portas bien.
La cogió de la mano y la llevó a la fiesta.

La continua llegada de vasos de plástico terminó por atontarla. Reía los chistes de Yule y bailaba con él como no lo había hecho con nadie. Incluso se dejó arrastrar por un par de extranjeros a un baile algo más apretado. Yule la observaba desde lejos con una sonrisa. Parecía querer memorizar cada rasgo, cada movimiento que realizara el cuerpo de Elisa. Ella fingía no enterarse. En un momento dado, un borracho la empujó y cayó al suelo. No pudo reprimir un gemido de dolor. Se había torcido el tobillo. Lo siguiente que vio fue a Yule, que la intentaba ayudar, sujeto del cuello de su camiseta por uno de los extranjeros con los que Elisa bailaba.
-Está con nosotros, idiota.
El enorme hombre lo soltó y cayó con un golpe sordo sobre la arena. El hombretón se acercó a Elisa con un brillo achispado en la mirada.
-No creo que quiera estar contigo.
-Me da igual, ella no tiene nada que decir.
Elisa estaba asustada. Nadie más se daba cuenta de lo que ocurría.
-No me he molestado en acosarla para que la trates como un objeto.
Yule se levantó y le asestó un certero golpe en la mandíbula. El otro cayó al suelo. Sin perder un segundo, el chico levantó a Elisa en brazos y se alejó veloz de la playa.  La chica se sorprendió de la fuerza del muchacho. Avanzaron así por un par de calles, antes de que la depositara en el suelo, jadeando.
-¿Estás bien?
Elisa asintió.
-Eres tú quien se ha metido en una pelea.
Yule se acariciaba el cuello dolorido.
-Las ha habido peores.
-Gracias.
Elisa intentó andar hacia él pero el tobillo estuvo a punto de tirarla al suelo. Yule la sujetó.
-Ni lo intentes, pata-palo.
Elisa se río y anduvieron apoyándose el uno en el otro. Ella no se percató de que no se dirigían hacia su casa hasta que llegaron al portal. Se detuvo en seco y le miró con el ceño fruncido.
-¿Qué quieres? ¿Qué te lleve a casa? Bonita, no estoy en condiciones para llevarte en volandas hasta allí.
La joven estaba cansada, dolorida y atontada, así que tampoco pudo discutir. Se ayudaron mutuamente para subir hasta el ático.
-Qué nivel.- susurró Elisa.
Yule sonrió y le abrió la puerta. Era casi tan pequeño como su piso. El chico la guió hasta la cama, grande para ese dormitorio, y le dio las buenas noches.
-Si quieres algo, estoy en el sofá.
-¡No!- Elisa se tapó la boca con una mano- No quiero echarte de tu cama.
-¿Seguro que es eso? No me meto en la cama con nadie en la primera cita.
Un cojín le dio de lleno en la cara, acompañado por una carcajada de Elisa. Sentía que le conocía de toda la vida.  Yule se quitó la camiseta y se sacudió la arena del pelo. Elisa le dio la espalda y se durmió a los pocos segundos.


La luz del sol le daba en la cara, pero no fue eso lo que la despertó. Yule le dio un codazo, murmuró algo sobre una almohada y le quitó la susodicha.
-¡Eh!- se quejó Elisa, con voz somnolienta- ¿Qué haces?
-Estabas acaparando la almohada.- las palabras llegaron ahogadas, pues el chico había hundido la cara en la almohada tras arrebatársela.
-Los invitados tienen preferencia.
Yule levantó la cabeza y dijo:
-No en mi casa.
Acto seguido, le dio una patada e intentó volver a dormir, pero Elisa no se lo permitió. Se puso de pie y se dejó caer sobre él. Apoyó la cabeza en su espalda.
-Estarás cómoda.
-No, estás muy duro.- respondió ella, golpeando suavemente la espalda de Yule.
-Gracias. Me cuido mucho, ¿sabes?
Ella rió y se levantó. Se tuvo que volver a sentar en el colchón por el horrible dolor del tobillo, que le ascendió por la pierna.
-¿Estás bien?
Yule se despertó de golpe y gateó por la cama para sentarse a su lado.
-Ayer me torcí el tobillo.
-Lo sé, por eso estás aquí.
Elisa repasó los acontecimientos de la noche anterior. Sólo se había caído, no había razón de ser para tanto dolor. La imagen de Yule colgando del puño del hombre le cruzó la mente.
-No te he preguntado cómo estás.
-¿Por salvarte ayer de ese salvaje? No te preocupes, estoy acostumbrado a salvar…
-Di princesa y te vas por la ventana.
El chico calló y la miró mientras Elisa buscaba alguna cosa fuera de lugar en su tobillo.
-¿Todo en orden?- le preguntó cuando se incorporó.
-Eso parece- Elisa le devolvió la mirada a sus profundos ojos verdes-. Gracias. Por lo de ayer, por dejar que me quedara en tu casa y por preocuparte.
-No hay por qué darlas.
-¡Claro que sí! ¡Te has portado muy bien conmigo! Y eso que nos conocimos ayer.
-No lo creo.
Elisa le miró extrañada y susurró:
-¿Qué? Si te hubiera conocido antes me acordaría.
Se ruborizó un tanto, aunque no lo notó.
-Ya, mi bello rostro no es fácil de olvidar, pero no me refería a eso-hubo un momento de silencio dramático y se acercó a su rostro hasta que sus narices se tocaron antes de proseguir-. No creo que sintiera esto por alguien a quien conocí hace tan poco.
Elisa no pudo contenerse y juntó sus labios a los de él.

Recuerda ese verano y el invierno siguientes como los mejores meses de su vida. Los días pasaron volando. La playa se convirtió en su refugio, poco importaba si llovía o helaba, allí estaban ellos. Elisa disfrutaba de cada segundo a su lado con la sospecha de que era demasiado bonito para ser cierto. Y tenía razón. Un año después, le llegó una carta. Esa misma tarde, se presentó en el ático de Yule con un nudo en la garganta. El chico la dejó pasar, preocupado.
-¿Qué ha ocurrido?
-Un periódico importante ha leído uno de mis escritos y me ha propuesto escribir una columna para ellos.
Yule suspiró con alivio.
-Pero, ¡eso es bueno! Es lo que querías. Escribir. Te pagarán por ello.
-Ese no es el problema. Tengo que irme.
-¿A-adónde?- A Yule se le quebró la voz.
-Me llaman de la capital.
El silencio se instaló entre ellos. Elisa rezaba porque Yule dijera algo, pero él se limitó a mirarla como si en cualquier momento se fuera deshacer.
-Y debes ir.- respondió, al fin.
-¿Vendrás conmigo?- preguntó Elisa con una leve esperanza.
-Sabes que no- no le sorprendió la respuesta, pues Yule tenía allí un trabajo bien pagado que no se podía permitir dejar-. Todavía no- se corrigió-. Tienes que ir y hacer lo que quieres. Te prometo que algún día iré contigo, cuando tenga dinero para una temporada.
-¿Lo dices de verdad?- repuso ella, al borde del llanto.
-¿Y qué haré si no? ¿Pasar el resto de mi vida sin ti? No puedo ni planteármelo.
Elisa le abrazó.

Una semana después se despidieron en la estación. Entre lágrimas y promesas, se besaron y vieron como el otro se alejaba.
Seis meses después, Elisa perdía la esperanza de recibir ninguna carta más de Yule, ni una llamada. Hacía semanas que no les contestaba. ≪ ¿Qué esperabas? ¿Qué un amor de verano más largo de lo normal quisiera volver a verte?≫ Las lágrimas recorrieron sus mejillas. Las secó al oír una tos a sus espaldas. Se giró y allí estaba. Yule. Más moreno de lo que le recordaba, pero igual de cálido. Así lo comprobó cuando se lanzó a sus brazos.
-Hace mucho que no escribías, pensaba…
-Lo sé. No he tenido tiempo. Acosarte a distancia me ha costado más que en esa ciudad.
Ambos rieron.
-¿Esta vez me contarás cómo me has encontrado?
-¿Cómo no iba a encontrarte, si no he parado de buscarte?