Se desliza por los tejados de la ciudad silenciosamente. La luna brilla tenue en un cielo con estrellas que dejaron de vivir. Ese pálido resplandor marca el camino que siguen sus patas. Se sienta a la sombra inexistente de una chimenea. Su pelaje oscuro se camufla en la oscuridad, se funden en uno. El gato es su centinela. Sus ojos, su oído, su olfato, son suyos.
Cuida de las almas en pena que pululan por la fría ciudad. No son malos, pero no pueden vagar sin vigilancia. Aquel lugar les había creado, les había obligado a adentrarse en un camino sin retorno. La crueldad los había hecho crueles. La marginación los ha marginado. Nadie quiere saber nada de ellos; viven encadenados al sufrimiento.
Cada noche salen en busca de algo que cure su dolor y cada amanecer vuelven con un montón de sueños rotos. Cuando despiertan, hay menos esperanza. Cuando despiertan, son más dolor.
El gato se encarga de evitar que esto ocurra. Los encierra en sus casas y durante toda la noche se oyen los gritos de la almohada, cómplice de tantos sueños y aventuras, siendo desgarradas. A la mañana siguiente, ya no hay dolor. No hay esperanza.

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