El cielo de la tarde era gris. La lluvia caía con
abundancia y resbalaba por los cristales, empañando la visión de Adrián. Estaba
sentado en el alféizar de la ventana de su piso medio vacío. Su ánimo era
acorde con el tiempo. Podía verla en cada habitación, en el sofá, en la cama,
sentada en la encimera, tirando los zapatos al entrar… Pero ya no estaba.
Teresa se había ido. Siguió mirando la calle. La gente corría para huir de la
lluvia. El cristal se empañó y Adrián se puso en pie. Amueblado con lo justo,
el piso estaba lleno de fotos de Teresa. Había dos en particular que le
encantaban a Adrián. Una de ellas, salían los dos al borde de un precipicio.
Teresa estaba subida en la espalda de Adrián, melena al viento y ambos riendo a
mandíbula batiente. El cielo azul estaba
surcado por alguna nube esponjosa y quedaba remarcado contra el verde de los
altos árboles. Teresa tenía los brazos abiertos y los ojos cerrados, para
permitir que el agua que subía le salpicara. La otra fotografía, salía Teresa
bajando las escaleras de la biblioteca de la ciudad corriendo, con unos libros
bajo el brazo derecho y un vaso de plástico lleno de batido. Vestía como
siempre, a su manera, con unos vaqueros y una camiseta ancha. Sonreía como
siempre. Era un torrente de energía.
Nadie podía pararla. Por eso, aquel día fue tan fácil ver que se acercaba el
fin.
El día empezó como otro cualquiera. Teresa se despertó cuando el sol apenas había
salido. Se incorporó, miró unos segundos
por la ventana, sonrió y miró a Adrián, quien todavía dormía a su lado. Cogió
uno de los cojines que descansaban a sus pies y se arrodilló sobre la cama.
-¡Venga, despierta! ¡Ya es de día!- gritó sacudiéndole
con los cojines.
Adrián se despertó sobresaltado. Una vez se hubo
recuperado, atrapó el cojín y tiró de él. Teresa fue detrás y cayó sobre las
piernas del chico.
-¿Crees que estas son formas? – musitó él, todavía medio
dormido, algo enfadado. Teresa le sonrió y torció la cabeza, como los perros
cuando no entienden algo. Adrián la echó a su lado de la cama. Ella rió con
ganas y volvió a tumbarse sobre él para hacerle cosquillas. Adrián se la quitó
de encima sin ningún problema, con una sonrisa en los labios. Todavía tumbado,
trabó su mirada en la de Teresa. El cabello castaño de la chica estaba
alborotado y caía sobre sus hombros desnudos. Los ojos grises estaban algo más apagados de
lo normal, pero aún así rebosaban vida. Ese día no tuvo nada en especial,
aparentemente. Teresa parecía haber cogido un resfriado,
pero no sabía lo que se le venía encima hasta el día siguiente.
Teresa tenía entre las manos un tazón de café. Su jersey
de mangas larguísimas se amontonaba en sus muñecas. Estaba apoyada en la encimera, viendo a
Adrián pasar de una habitación a otra, con prisas, como siempre. El chico
estaba poniéndose los zapatos cuando oyó romperse algo en la cocina. Fue
corriendo y se encontró a Teresa en el suelo, con los ojos cerrados. La sujetó
por lo hombros, la llamó de todas las formas que se le ocurrieron, la abrazó y
derramó lágrimas por ella, pero Teresa no se despertaba. Llamó a una ambulancia
y siguió abrazado a ella, sentado en el suelo, entre los trozos de la taza de
café. No fue capaz de pronunciar palabra
mientras se la llevaban en una camilla, ni cuando la vio en el hospital,
conectada a mil tubos que llevaban a otras tantísimas máquinas ni cuando se le
acercó el médico.
- ¿Fue usted quien llamó a la ambulancia?
Adrián asintió con la cabeza.
-Siento decirle esto… Teresa tiene un fallo renal. En
otra situación, estaríamos buscando un donante, pero me temo que es demasiado
tarde.
El mundo se derrumbó a su alrededor. No podía ser. A ella
no. El médico se dio la vuelta y lo dejó en medio de su desolación. El chico
pegó la frente a la pared. Tenía ganas de dar puñetazos, pero carecía de las
fuerzas suficientes. Se sentó en uno de
los sillones (por llamarlos de alguna manera) de la habitación de Teresa. No
podía apartar la vista de ella. Quería grabar en su memoria cada detalle que se
le pudiera haber pasado por alto. Todos los lunares de su cuerpo, desde el de
debajo del ojo hasta el del tobillo derecho. La forma redondeada de sus labios,
que tal vez no volviera a besar. El olor a vainilla de su pelo. Quería
recordarlo todo. Su risa cristalina, sus melancolías momentáneas, sus manías.
Teresa se despertó. Adrián se levantó, cogió las manos de la chica entre las
suyas y posó sobre ellas sus labios, impregnándolas de las lágrimas que se veía
incapaz de contener.
- ¿Qué pasa? –preguntó ella, ignorante todavía de su
destino.
Adrián le contó lo que le había dicho el médico. El
rostro de la chica palideció todavía más. Él se acostó a su lado y la rodeó con
los brazos. Teresa lloraba en silencio. Era la primera vez que la veía así.
Quería acabar con su sufrimiento cuanto antes, pero eso sería también acabar
con su vida.
Pasaron los días sin que Adrián se apartara de su
lado. Iba a verla por la mañana temprano
y se marchaba por la noche, cuando lo echaban.
Teresa cada vez estaba más deteriorada. Estaba pálida y delgada. Le
costaba respirar y moverse era todo un esfuerzo.
Una tarde, Adrián se levantó de la cama, pues ya se hacía
tarde. Un pitido constante le obligó a girarse. Teresa estaba inmóvil.
Enfermeras y médico entraron en la habitación y lo sacaron de allí. Una hora
después, se dejó de oír ruido. Adrián dejó caer la cabeza. ¿Ya se había
acabado? Teresa llevaba un mes en el hospital. ¿No podían hacer nada más por
ella? La puerta de abrió, pero nadie salió. Adrián se acercó a la cama. La
expresión de Teresa era de paz y tranquilidad. Ojalá no hubiera sufrido. El muchacho
se acercó a ella. Acarició su rostro pálido y le dio un beso en la frente. Sin
despegar los labios de ella, lloró amargamente.
Vio cómo la sacaban de allí. Recogió sus cosas de la mesilla. Había una
carta para él.
Querido
Adrián:
Sé que me queda
poco tiempo y sé que sufres por dejarme marchar. No quiero que estés triste
porque yo ya no esté contigo. Encontrarás a alguien que mitigue tu dolor. No te
voy a pedir que me olvides, es más, espero que me guardes en tu corazón para
siempre y espero vivir en tus recuerdos. Pero no quiero que vivas lamentando mi
muerte. Sin embargo, quiero que recuerdes el maravilloso tiempo que hemos
pasado juntos, que tu visión de mí sea esa en la que nada podía con nosotros,
que éramos capaces de vencer cualquier cosa con un solo abrazo. Por favor,
recuérdame y sé feliz.
Me gustaría poder decir que te amo, pero estos últimos
días me han hecho ver que esa expresión se queda pequeña para lo que siento por
ti.
Teresa
Un año después, Adrián guardaba esa carta en un
guardapelo escondido en cajón de su cómoda. Hasta ese momento, no había
entendido del todo lo que Teresa le había querido decir. Ahora, sí. Debía
recordarla, porque aún la amaba, pero entre la tristeza debía encontrar un
espacio para la felicidad que sentía al haber podido compartir su vida con
ella, estuviera o no con él. Porque aún la sentía en el corazón. Aún podía
verla todas las mañanas saltando de la cama con una sonrisa de oreja a oreja.
Aún podía sentir sus abrazos sorpresa, sus besos de perdón por sus rabietas.
Adrián volvió a su asiento, el alféizar. La lluvia amainaba y, aunque no salía
el sol, podía ver filtrarse la claridad entre las nubes.
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