Miro a mi alrededor. En la estación, todos se apresuran a despedirse, coger
su equipaje y subir al tren. Sin embargo, yo retengo a Irene. No quiero que se
marche. Ella sigue de pie, a mi lado, envuelta en la bruma matutina como todos
nosotros, sin ser igual. Resplandece con luz propia. Su sonrisa pícara ha
desaparecido, para dar paso a unas amargas lágrimas silenciosas, que resbalan
por sus mejillas, normalmente llenas de hoyuelos. Su cabello dorado como el sol se mece con la
suave brisa fría, tiene la piel de gallina por el frío de la mañana, los ojos
azules parecen no haber dormido en toda la noche; deben haber cambiado el
descanso por el llanto. Sé que debe irse, pero sus dedos todavía están
prendidos de mi mano. La miro a los ojos y recuerdo la primera vez que la vi.
Dos meses atrás, fui a esa misma estación. Mi mejor amigo estaba en el
hospital, gravemente enfermo y su hermana llegaba ese día para pasar el resto
del verano con él. Llegaba muy temprano y el cielo todavía no era azul, si no
de colores rosados, tan característicos del amanecer. Pese a la hora, el calor
empezaba a hacer acto de presencia y deseé no tener que esperar mucho. Los
trenes iban y venían, la estación era un continuo flujo de gente que se
rencontraban y se despedían. Había gente que lloraba, sobre todo niños. Fui
incapaz de ponerme en su lugar, no me veía llorando la marcha de alguien. Quizá
lo lamentara por dentro, pero no era la clase de persona que llora fácilmente. El
banco, frío por la exposición a los elementos durante la noche, me resultaba
incómodo y no ayudaba a aligerar el transcurso del tiempo. Miraba el reloj cada
pocos segundos, entre bostezo y bostezo. Si no fuera porque su amigo se lo
había pedido, estaría con él en el hospital, en esa sala blanca y con ese olor a
centro sanitario.
Un tren frenó en frente de mí. Las puertas se abrieron y gente somnolienta
bajó rápidamente, cargando con pesadas maletas o maletines y fundas de
portátiles. La mayoría parecían estresados y sus caras eran la viva imagen de
la angustia. Por eso me fijé en ella, porque bajó con calma, sin prisas,
vestida con lo primero que había fuera de su pesado equipaje y una coleta medio
deshecha. Desentonaba con la gente tan bien vestida que habían sido sus
compañeros de viaje. Paseó la mirada por
el andén. Supuse que no me reconocería, había pasado mucho tiempo desde la
última vez que la vi. Había cambiado mucho. Ya no era esa chica con el ceño
siempre fruncido, si no que lucía una preciosa sonrisa traviesa sin razón
alguna. Emanaba paz, tranquilidad y luminosidad. El primer pensamiento que me
vino a la cabeza fue que parecía un campo de maíz. El cabello y la piel claros
eran las altas espigas, las mejillas levemente sonrojadas eran las mariposas
que revoloteaban junto a las abejas, el equivalente a las pecas de su redondo
rostro. Los ojos azules se fijaron en los míos durante unos segundos y sonrió.
Se acercó lo más deprisa que pudo, arrastrando la maleta tras ella. No sabía
qué decir. Me había quedado totalmente petrificado por primera vez en mi vida.
La llevé con su hermano. En la habitación, sin decir nada, se sentó en la
cama y cogió la mano de mi amigo. Estaba pálido y ojeroso. Tenía muy mal
aspecto. Irene mantuvo la sonrisa en todo momento mientras él estuvo despierto.
En cuanto sus ojos se cerraron y su respiración se acompasó, la muchacha se
derrumbó. Amargas lágrimas surgieron de sus ojos, acompañadas por sollozos.
Miré a mi amigo y me uní a su llanto en silencio. Estuvimos en silencio hasta
que una enfermera nos echó. La acompañé hasta la puerta del hospital. Allí, se
giró y me agradeció el haber estado con ella, pues se veía incapaz de soportar
el dolor de ver a su hermano postrado en una cama. Desde entonces, no nos
habíamos separado.
Hasta hoy. Nuestras miradas siguen trabadas la una en la otra. No puedo
dejarla ir. Me duele hacerlo, aunque sea lo correcto. Tiene que volver a la
universidad, a su trabajo. Nos veremos una vez al mes, pero eso no es
suficiente. Quiero que se quede conmigo y no me deje. Le propuse ir con ella,
pero me dijo que debía quedarme con su hermano para ayudarle en su
recuperación. Le prometí que no me apartaría de su lado pero ahora me costaba
mantener mi promesa. Nos veríamos una vez al mes, un fin de semana. Me susurra
que tiene que subir al tren. Sus dedos resbalan de mi mano y veo alejarse a la
única persona que me ha visto llorar. Desaparece entre los demás viajeros
durante unos segundos. Un nudo se me forma en la garganta y los ojos se me
llenan de lágrimas, que contengo con dificultad. Nos había unido algo doloroso,
pero ese dolor ya se había marchado para dejar sitio a la distancia. Me
alegraba por mi amigo y su buena salud, pero ver el rostro de Irene pegado al
cristal me rompía el corazón. Me sonríe, alguna lágrima rebelde huye de su
autocontrol. Pega los labios al cristal y me lanza un beso. Se separa de la
ventana y me mira. Me hace gestos para que me acerque a la puerta. Corro hacia
allí. Ella se asoma y me besa. Siento sus lágrimas unirse a las mías. Nos
separamos, pues las puertas ya se cierran. El tren se pone en marcha. Agita la
mano para despedirse. Ya no puede fingir la sonrisa. Vuelve a su vagón y vuelve
a acercarse al vidrio. Agitó el brazo, para que me pueda ver a pesar de que ya
está lejos. No me muevo del andén hasta que el tren desparece de mi vista.
Después me doy la vuelta y me marcho de la estación, dispuesto a visitarla cada
fin de semana, hasta que su hermano se recuperase del todo. Después, iría con
ella y no me separaría jamás.
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