No quería levantarme de
la cama. Saber que una vez me pusiera en pie, el infierno daría comienzo como
todas las mañanas me aterraba. Mis compañeros de clase eran auténticos
monstruos que se divertían con el dolor ajeno.
Me miré en el espejo. Cada día era peor que el anterior y eso se
reflejaba en mi imagen. Estaba demacrada, esmirriada, pálida, las uñas
mordisqueadas y los dedos con pequeñas heridas. Cuando empezó el curso no era
así. Era una chica llena de vida y alegría, aunque suene muy típico, pues en
todos los relatos estos adjetivos tienden a ir juntos. Nada conseguía borrarme
la sonrisa del rostro… hasta que los conocí a ellos.
Metí los libros de ese
día en la mochila, me vestí y fui a desayunar. Parte del apetito me había
abandonado, de ahí mi enclenque apariencia, pero mis padres seguían creyendo
que era una fase y que pronto todo cambiaría. Pero yo sabía que no. Sin tocar apenas la comida, me levanté y
empecé a caminar en dirección al colegio. Bajo el brazo llevaba un libro de
Poe. En sus relatos, veía reflejados los
miedos que toda persona podía tener convertidos en seres de carne y hueso, es
decir, en algo que se puede eliminar mucho más fácilmente que lo abstracto.
Podías huir de ellos, pues son cosas tales como un gato, un cuervo o un amigo
que odia tu risa.

A pesar del caracter triste del texto-relato me gusta mucho como lo has contado
ResponderEliminarMe gusta múchisisisimo, tienes talento para escribir.
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